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Los Otros Vampiros 
 

Theresa Berkley, la Bathory del placer

Posted: 17 Dec 2012 05:35 AM PST

Theresa Berkley, la Bathory del placer.


Theresa Berkley fue una de las vampiresas más temidas y adoradas de su tiempo, y acaso la única cortesana capaz de jactarse públicamente de su naturaleza.

Gestionó un burdel en Hallam Street, Londres, especializado en explorar los matices más íntimos del dolor. A ella se le atribuyen inventos mecánicos de notable eficacia para alcanzar el éxtasis mediante la trasfiguración del tormento.

No hay mucha información clara sobre su paradero. De hecho, su fecha de nacimiento se discute aún entre los que se han encargado de recopilar su vida. No existen retratos ni menciones detalladas sobre su aspecto. Algunos la describen superficialmente, como temiendo evocarla en la totalidad. Se dice que era muy atractiva y de espíritu avasallante.

Como Elizabeth Bathory, la condesa sangrientaTheresa Berkley solo alcanzaba un estado similar al placer provocando dolor en otros, pero al contrario que aquella decidió hacer una fortuna con sus instintos. Se volvió una experta en toda clase de instrumentos de tortura. Sus talentos la ubicaron como la máxima referencia del rubro dentro de la aristocracia, círculo en el que inflingía toda clase de deleites macabros a cambio de pequeñas fortunas y favores.

Theresa Berkley fue, además, notablemente discreta. Sus clientes gozaban de la más estricta confidencialidad, y la privacidad e identidad de sus allegados era cuidada hasta el absurdo. Entre su clientela se encontraban tanto hombres como mujeres de la alta sociedad, nicho que se tradujo en una carrera verdaderamente lucrativa. Su fama de vampiresa quedó expuesta en una rara novela llamada Exhibición de mujeres flagelantes (Exhibition of Female Flagellants), publicada en 1830, cuya autoría le fue fálsamente atribuida.

En un ambiente en donde el dolor extremo era el vértice místico al que todos aspiraban, Theresa Berkley comenzó a manifestar tendencias e inquietudes verdaderamente abominables. Comenzó a obsesionarse con la sangre de sus clientes más selectos, a los cuales inoculaba con severas dosis de placer para luego recibir de ellos ofrendas innombrables.

Con los años Theresa Berkley se volvió más y más excéntrica. Sus adminículos ganaron en eficacia. El arribo al dolor colectivo era gestionado sobre meticulosos protocolos que podían durar días enteros. En salón central en donde se desarrollaban las fiestas más escandalosas fue apenas la antesala para un horror más exclusivo. En el segundo piso, al cual sólo se podía acceder dejando un juramento de silencio, se organizaron fiestas vampíricas en donde la sangre corría de forma abundante, e incluso se habla de una comunidad o secta de vampiros que visitaban regularmente estas reuniones.

Poco después de su muerte en 1836, su hermano, un misionero instalado en Australia, regresó a Inglaterra para tomar posesión de sus bienes. Cuando descubrió el origen de la fortuna de su hermana cedió sus derechos a la corona británica. Entre los bienes de Theresa Berkley se encontraron diseños repulsivos sobre aparatos cuyo propósito era llevar al acólito al borde de la muerte a través del goce. Además, se halló correspondencia secreta entre ella y varios miembros de la aristocracia, en donde se daba cuenta de una organización con firmes raíces económicas y políticas.

Todo este material fue destruído, así como cualquier retrato o pintura sobre Theresa Berkley, quizás la primera vampiresa en hacer una fortuna con sus instintos diabólicos.
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