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NOS DORMIMOS UNA SIESTITA?

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La fábula inventó que Epiménides estuvo durmiendo durante veintisiete años, y que cuando despertó quedó asombrado al encontrar casados a sus nietos, muertos a sus amigos y desconocidas para él su ciudad y sus costumbres. Esa invención pudo dar mucho campo a la crítica y servir de magnifico asunto para una comedia. La leyenda recogía los rasgos de la fábula y les dio gran aumento.

El autor de la Leyenda dorada no fue el primero que en el siglo XIII, en vez de un durmiente, supuso que fueron siete, y los siete mártires. Copió esa edificante historia de Gregorio de Tours, escritor verídico, que la había tomado de Sigeberto, el que a su vez la había copiado de Metafrasto, y éste la sacó de Nicéforo. De este modo, pasando de mano en mano, llega la «verdad» hasta los hombres.

El reverendo padre Pedro Rivadeneira sobrepujó todavía a la Leyenda dorada en su célebre libro titulado Flor de los santos, que Molière menciona en su comedia Tartufo. La Leyenda dorada fue además traducida, corregida y aumentada por el padre Antonio Girard, jesuita también. Quizá algunos curiosos se alegrarán de ver una muestra de la prosa del reverendo padre Girard, y por eso vamos a transcribir uno de sus párrafos.

«En la época del emperador Decio conmovió a la Iglesia furiosa y espantosa borrasca. La sufrieron, entre otros cristianos, siete hermanos jóvenes y simpáticos, que eran hijos de un caballero de Éfeso, y se llamaban Maximino, María, Martiniano, Dionisio, Juan, Serapio y Constantino. El emperador empezó por quitarles el cinturón dorado, y temerosos se escondieron en una caverna; el emperador mandó tapar la entrada de dicha caverna, con la idea de que se murieran allí de hambre.

»En seguida se durmieron los siete, y no se despertaron hasta después de haber dormido ciento setenta y siete años.»

El padre Girard, en vez de creer que eso es un cuento a propósito para hacer dormir de pie, prueba la autenticidad de esa historieta con demostrativos argumentos, y además dice que aunque no hubiera más prueba que la de los nombres de los siete durmientes, ésta bastaría, porque nadie da nombre a gentes que no existen. Los siete durmientes no pueden ser ni engañados ni engañadores. No nos ocupamos de esa historia para demostrarla, sino para hacer constar que todos los acontecimientos fabulosos de la antigüedad los han ratificado y copiado siempre los antiguos autores religiosos. Las historias de Edipo, de Hércules y de Teseo se encuentran en ellos arregladas a su modo: nada inventaron, pero perfeccionaron lo inventado.

Confieso ingenuamente que no sé de dónde sacó Nicéforo la referida historia. Supongo que sería una tradición de Éfeso, porque la caverna de los siete durmientes y la iglesia que les dedicaron subsisten todavía. Los griegos más ignorantes y pobres acuden a ella a rezar sus devociones. El caballero Ricaut y otros muchos viajeros ingleses refieren que han visto esos dos monumentos.

Estos son los incontestables argumentos con los que Abbadie defiende esa historia: «He aquí los «protocolos» instituidos para celebrar perpetuamente la aventura de los siete durmientes; ningún griego duda de ello en Éfeso, y esos griegos no pudieron ser engañados y tampoco pudieron engañar a nadie: luego la historia de los siete durmientes es incontestable.»

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