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EL QUITAPENAS

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EL QUITAPENAS

por monica 
viernes, 30 de septiembre del 2011 a las 21:23
guardado en Reir Llorando
REÍR LLORANDO Viendo a Garrik -actor de la Inglaterra- el pueblo al aplaudirlo le decía: "Eres el más gracioso de la Tierra, y más feliz..." y el cómico reía. Víctimas del "spleen", los altos lores en sus noches más negras y pesadas, iban a ver al rey de los actores, y cambiaban su "spleen" en carcajadas. Una vez, ante un médico famoso, llegóse un hombre de mirar sombrío: sufro -le dijo-, un mal tan espantoso como esta palidez del rostro mío. Nada me causa encanto ni atractivo; no me importan mi nombre ni mi suerte; en un eterno spleen muriendo vivo, y es mi única pasión la de la muerte. -Viajad y os distraeréis. ¡Tanto he viajado! -Las lecturas buscad. ¡Tanto he leído! -Que os ame una mujer. ¡Si soy amado! -Un título adquirid. ¡Noble he nacido! -¿Pobre seréis quizá? Tengo riquezas. -¿De lisonjas gustáis? ¡Tantas escucho! -¿Qué tenéis de familia? Mis tristezas. -¿Vais a los cementerios? ¡Mucho... mucho! -De vuestra vida actual ¿tenéis testigos? -Sí, mas no dejo que me impongan yugos: yo les llamo a los muertos mis amigos; y les llamo a los vivos, mis verdugos. Me deja -agrega el médico- perplejo vuestro mal, y no debe acobardaros; tomad hoy por receta este consejo "Sólo viendo a Garrik podréis curaros". - ¿A Garrik? - ¡Sí, a Garrik...! La más remisa y austera sociedad le busca ansiosa; todo aquel que lo ve muere de risa; ¡Tiene una gracia artística asombrosa! - ¿Y a mí me hará reír? - ¡Ah! sí, os lo juro; Él sí; nada más él; más... ¿qué os inquieta? -Así -dijo el enfermo-, no me curo: ¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta. ¡Cuántos hay que, cansados de la vida, enfermos de pesar, muertos de tedio, hacen reír como el actor suicida, sin encontrar para su mal remedio! ¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora! ¡Nadie en lo alegre de la risa fíe, porque en los seres que el dolor devora el alma llora cuando el rostro ríe! Si se muere la fe, si huye la calma, si sólo abrojos nuestra planta pisa, lanza a la faz la tempestad del alma un relámpago triste: la sonrisa. El carnaval del mundo engaña tanto, que las vidas son breves mascaradas; aquí aprendemos a reír con llanto, y también a llorar con carcajadas.
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Comentarios EL QUITAPENAS

A los críticos (entre ellos, nada menos que el imponente doctor Samuel Johnson, el polígrafo y sabelotodo de su tiempo, compilador del primer Diccionario de la lengua inglesa) les llamaba la atención el hecho de que "Garrick no se limitaba a declamar, ni se quedaba quieto esperando su próxima intervención. Tras decir un parlamento, permanecía fiel al personaje: si hablas como Hamlet, debes moverte, respirar y escuchar como Hamlet". No sólo era actor: su fama y fortuna crecientes le permitieron convertirse en empresario, y más de una vez escribió -se escribió, mejor dicho, con papeles para su propio lucimiento- piezas hoy justamente olvidadas.
Amaba a Shakespeare por sobre todos los demás autores. Su éxito comenzó en 1741, interpretando "Ricardo III", y un año después alzó, literalmente, a los espectadores de sus asientos con "Rey Lear". En 1748 hizo "Romeo y Julieta", "más fiel a su forma original de lo que se había hecho en los últimos sesenta y cinco años". En 1759, representó "Antonio y Cleopatra" por primera vez desde la muerte de Shakespeare. También repuso obras de Ben Jonson y de Fletcher, sin desdeñar a sus contemporáneos, Vanbrugh y Sheridan. Pero su público lo prefería sobre todo como Hamlet.
* * *
A menudo, los nombres de algunos actores terminan por condensar toda una época, como Sarah Bernhardt o Eleonora Duse en el siglo XIX. Así, Garrick es "el" actor inglés del XVIII, y su contraparte femenina es Mrs. Siddons, la célebre trágica inmortalizada por Reynolds en un retrato famoso. A veces, estos dos monstruos sagrados trabajaron juntos. No sin fricciones, naturalmente. En un ensayo de "Ricardo III", por ejemplo, en la escena de la seducción de lady Anne por el perverso protagonista, Garrick recomendó a su colega permanecer de espaldas al público mientras él concentraba toda la atención. La actriz pareció resignarse; pero en la noche del estreno, Sarah Siddons maniobró de tal manera que ella quedó de frente y él no tuvo más remedio que intentar convertir a su joroba de utilería en un instrumento expresivo.
Ególatra y snob (era un magistral adulador del rey Jorge III y de la nobleza), a Garrick nunca le fue muy bien con las actrices. Una vez, en "Hamlet", vio con horror que su Ofelia, Mrs. Cibber, abandonaba su lugar en el tercer acto y dedicaba elaboradas reverencias a unas damas de la corte que estaban en un palco. Un cronista preguntó, días después, en su columna periodística: "Por favor, señor Garrick, pregúntele a su compañera en qué parte de la obra se dice que Ofelia era amiga de tantas encumbradas damas británicas". .

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