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Los fantasmas de gallipoli

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Me dirijo en automóvil hacia la costa sur de la isla de Nueva Zelanda para huir de esa sombra, y porque en una colina muy semejante a aquella en la que desembarcaron las fuerzas conjuntas neozelandesas y australianas existe un monumento a la memoria de Mustafá Kemal Ataturk.

Sí, él era un laico que fumaba como chimenea: prohibió la escritura árabe y el velo; un hombre que cerró el último califato, pero que era musulmán. Y ahí, en una placa de mármol, está el discurso que dirigió a las familias de dolientes australianos y neozelandeses que fueron a Gallipoli a hacer duelo por sus seres queridos en los 30.

Son las palabras más compasivas jamás pronunciadas por un líder musulmán de tiempos modernos: "Esos héroes que derramaron su sangre y entregaron sus vidas... ahora ustedes yacen en la tierra de un país amigo. Por lo tanto, descansan en paz. Para nosotros no importa si se llamaban Johnny o Mehemt, porque yacen uno al lado del otro en este país nuestro. Ustedes, las madres que enviaron a sus hijos a naciones lejanas, limpien sus lágrimas. Sus hijos ahora están en nuestro seno y están en paz. Después de perder sus vidas en esta tierra, se han convertido también en nuestros hijos".

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