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LA SED

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La sed: Lucas Beneyto

Posted: 22 Apr 2013 06:57 AM PDT

La sed es un muy interesante relato fantástico del joven escritor argentino Lucas Beneyto, quien nos ha permitido amablemente compartirlo con todos ustedes. Espero que lo disfruten tanto como nosotros.


La sed.
Lucas Beneyto.

Este silencio que me invade o son las voces abandonándome. Dejan sólo ecos.

He puesto la atención en las sombras de la habitación, algunas grandes o pequeñas; simples o extrañas. Como duplicadores de nuestra existencia rebelan con sus cuerpos negros la fragilidad del mundo, la evanescencia de lo desconocido.

Copian cada ademán o gesto. Quieren ser nosotros. Emulan todo: el armario, los árboles del jardín, las sillas. Yo creo ser una sombra; deseo ser alguien, deseo algo.

Desde la cama veo la luna escalando el balcón, atravesar el ventanal y deslizarse lentamente por el suelo. Se acomoda en algunos de los muebles, los vuelve nacarados, derramados por un diamantino rocío. Me fascina verlos así, tan diferentes, tan deslumbrados.

No recuerdo este último sueño, solo quiero algo.

Tengo sed.

Acaricio y apretó las sábanas. Estoy ansioso. Poco a poco me carcome esta necesidad milenaria de mi linaje.

La noche hoy no es mi aliada, como cada vez. Me traiciona con esta sed, no una cualquiera, una demasiado especial.

Sábanas intolerables; me despego, me arranco de sus abrazos. Una inmovilidad extraña, manteniéndome suspendido en el deseo irrefrenable.

Tengo necesidad de levantarme. Lo hago.

Las sombras tiemblan y retroceden; avanzo sobre ellas. Observo mí alrededor. Hay silencio. Hay aroma a su perfume. Hay serenidad en las coronas de novia del jardín.

Como si fuera un ángel entre sedas, ella duerme cada noche conmigo. Se acurruca a mi lado, extiende una caricia al rostro, un beso a los labios. Rito para tejer sueños cada noche. A veces adoro admirarla dormida: su pelo desmayado en los hombros, su boca quieta en la noche, su cuello delgado, ofrendándose…

Me aceptó con mi odio irracional a los espejos. A escondidas se arreglaba en uno pequeño de mano. Con mi rechazo a dar paseos cuando el sol era más brillante. Todo eso aceptó sin pedir explicaciones y con una sonrisa que enamoraba. Todo porque yo era algo especial, como mi amor por ella.

Hacia el ventanal me acerqué. El paisaje más allá del tapial era sólo sombras, iluminadas a medias por la luna. Tal vez algún murmullo de animal nocturno se oiría; yo no lo escuchaba, para mi había sólo silencio.

La enamorada del muro escalaba la mitad de la pared de la casa nuestra; nada más las ventanas se salvaban de su tapiz de hojas.

Ese recorrido hecho con los ojos me lleno de pensamientos, dudas ineludibles sobre esta sed ¿Qué hacer?

A uno de mis lados el armario muy antiguo, una sombra más negra entre sombras, al otro como surgiendo del centro mismo de la cama ella, dibujándose bajos los pliegues de las sábanas: sus piernas, su torso, su cuello, esa creación caprichosa y celestial, curva de porcelana tibia, delicada sinuosidad del cuerpo. ¡Qué delicia!

Tantas cosas podría ser ella, ninguna despreciada por los sentidos.

Caminé toda la habitación tratando de olvidar, quería huir de esa imagen indebida, tentadora: su cuello. Lo halague de tantas maneras que ahora lo deseo, no como cualquiera.

Me deslizaría desde la oscuridad, escalaría las sedas por sus piernas, ascendería el pecho sigiloso y anidaría en ese cuello con mi olfato, con mi tacto; lo devoraría anheloso con los labios, sintiendo sus latidos fluyendo bajo la piel.

Amapola, jaspe, plumas de cardenal, cereza, rubí, pulpa de granada concentrándose en el cuello desde sus venas. Solo para mí, manjar degustado por la estirpe que desciendo… Pero no, la amo.

Desde el ventanal entreabierto se percibe siempre el aire perfumado de la amanecida ya cercana, y la melodía de los pájaros en su despertar. 
Dudas me muerden los pensamientos, quieren certezas, todavía para mi carentes de forma, fundamentos.

La luna se aleja descolgando la noche; todo muy de a poco como esa lentitud con la que se abren la violetas.

El silencio se deshace, se tiñe de un nuevo día aproximándose, mientras me acerco callado a su rostro, la huelo, cierro los ojos e imagino con mi instinto de qué manera empezaré a borrar esta sed.

No quiero olvidarme en este abismo sin retorno. Me alejo. Voy hacia el ventanal, lo abro de par en par; una brisa fresca baila en mi ropa. Veo desde el balcón el horizonte, el nacimiento de la luz, las ansias de las flores adormecidas, el sonido a madrigueras habitadas.

Hoy presenciaré el amanecer, cueste lo que cueste. Asoma el primer filo de luz. El terror de la duda renace. La sed todavía no muere.

¿Huir a las sombras o vestirme con cenizas al alba?

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