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Los inmigrantes

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EL ALOJAMIENTO DE INMIGRANTES EN EL RÍO DE LA PLATA, SIGLOS XIX Y XX: 
PLANIFICACIÓN ESTATAL Y REDES SOCIALES

Laura Oliva Gerstner
Doctoranda Departamento de Geografía Humana
Universidad de Barcelona
lauraolger@yahoo.es


El alojamiento de inmigrantes en el Río de la Plata, siglos XIX y XX: planificación estatal y redes sociales (Resumen)

Los movimientos migratorios procedentes de Europa hacia el área del Río de la Plata  en la segunda mitad del siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX, respondieron a una multiplicidad de causas, entre ellas catástrofes naturales, convulsiones sociales o exilios políticos. Pero fueron sin duda los factores socioeconómicos y políticos los motores de un éxodo que se sostuvo, aunque con diferente intensidad, hasta la segunda posguerra mundial. En este artículo abordaremos algunos aspectos de este fenómeno, especialmente los dispositivos de acogida destinados a las personas inmigradas como parte de la planificación oficial de los países receptores.

Palabras clave: migraciones, Europa, Argentina, Uruguay, siglos XIX y XX, hospederías de inmigrantes, redes sociales, planificación estatal.


 

Immigrants lodging at Río de la Plata in the 19th and 20th Centuries: state planning and social networks (Abstract)

The migratory movements from Europe towards the area of Rio de la Plata in the second half of XIXth Century and the first decades of the XXth Century, were a response of a multiplicity of causes, among them, natural catastrophes, social convulsions or political exiles. But socio-political and economic factors were undoubtedly the engines of an exodus that was supported, although with different intensity, up to second world post-war period. In this article we will approach some aspects of this phenomenon, specially the devices of welcome and lodging destined to immigrated people, as part of the receiver countries public planning.

Key words: migrations, Europe, Argentina, Uruguay, 19th and 20th Centuries, immigrants hostels, social networks, state planning


Los movimientos migratorios internacionales de las últimas décadas del siglo XIX hacia el norte de América (Estados Unidos) y hacia el cono sur (Argentina, Brasil, Chile y Uruguay), determinaron el desarrollo de acciones de control de estos desplazamientos por parte de los países receptores. Este control de la migración tuvo como objetivo asegurar una adaptación de los recién llegados al nuevo medio, que fuera beneficiosa para los objetivos del país de acogida, así como regular posibles riesgos derivados de la misma, principalmente el de epidemias.  Además de las implicaciones sanitarias, existió un control orientado a prevenir conductas sociales consideradas “indeseables”, como la mendicidad o, más tarde, el activismo sindical.

La puesta a punto de dispositivos de acogida para las personas inmigradas en esos países implicó la creación de alojamientos, bajo la forma de asilos, primero, y albergues u hoteles, más adelante, que funcionaron hasta mediados del siglo XX.  Los “hoteles de inmigrantes” no limitaron en general sus funciones estrictamente al alojamiento, sino que fueron concebidos como “complejos” desde donde se intentaba atender la situación del inmigrante en los distintos aspectos que configuraban el fenómeno. Estos complejos podían también contar con oficinas de empleo, agencias de colocación, instalaciones para la atención sanitaria, espacios formativos y de socialización. 

En las últimas décadas, se han realizado esfuerzos por institucionalizar la memoria de la inmigración a través de la creación de museos en los edificios de las antiguas hospederías de inmigrantes, donde se conservan importantes archivos documentales sobre este aspecto de la historia social de los países americanos. Tal es el caso del Memorial de Inmigrantes de São Paulo en Brasil, cuya sede es la antigua Hospedería de Inmigrantes -al que se ha dedicado un artículo en esta misma revista-[1]; o el Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires, uno de los edificios del complejo del mismo nombre, que funcionó desde 1911 hasta 1953, y que hoy aloja al Museo Nacional de la Inmigración,  junto a otras dependencias de gobierno vinculadas al área de las migraciones.   

En este artículo nos proponemos realizar un recorrido comparativo por los esfuerzos institucionales realizados para la recepción de la inmigración en Argentina y Uruguay y las condiciones de desarrollo de dichas acciones, presentando a la vez algunos aspectos claves vinculados al fenómeno migratorio hacia el área del Río de la Plata[2].

“En América nadie es extranjero”: la planificación oficial de la inmigración

El modelo argentino de planificación migratoria

Las legislaciones e intervenciones directas sobre el territorio formaron las principales bases sobre las que se proyectaron los Estados-Nación en América desde la segunda mitad del siglo XIX.  En el caso argentino, concretamente a partir de la sanción de la Constitución de la Confederación Argentina en 1853, los sucesivos gobiernos trazaron una política de promoción de la inmigración que hasta el momento había sido poco significativa e incluso espontánea. Se trató de una acción integrada a un proyecto político que se sustentaba en bases ideológicas muy definidas, las cuales sostenían que el atraso del país era consecuencia de la conjugación de tres elementos: la existencia de población indígena (encarnación de la “barbarie”), los resabios de una herencia colonial desestimada –en permanente comparación con la experiencia norteamericana- y la gran extensión y desconocimiento de un territorio considerado “desierto”.

Los tres elementos mencionados conllevaron prácticas específicas orientadas a modificar la realidad territorial y poblacional del país. El exterminio indígena, la ampliación de las fronteras internas y la promoción de una inmigración selectiva fueron las principales acciones asumidas desde el poder oficial, y en torno a las cuales se registraron acuerdos entre las distintas facciones políticas, que en otros aspectos eran casi irreconciliables[3]. En este artículo nos centramos en el tercero de los elementos, la promoción de la inmigración europea a la Argentina, aunque los otros dos son claves para entender el contexto histórico-político abordado.

El largo proyecto de expansión territorial que cristalizó en las llamadas “Campañas del Desierto” comandadas en 1879 por el general Julio A. Roca, había comenzado décadas antes. Los antecedentes de incursiones en tierras indígenas para ganar territorio se remontan, sin embargo, al periodo virreinal. Testimonio de ello son los encargos gubernamentales que a fines del siglo XVIII se realizaron a geógrafos, ingenieros militares y agrimensores para relevar el estado de las defensas en las fronteras sur y oeste del territorio bonaerense, dadas las incursiones indígenas en ciudades y pueblos fronterizos para la obtención de bienes, ante el fracaso de ocasionales negociaciones[4].  En el primer tercio del siglo XIX, éstas tuvieron un relativo éxito bajo el gobierno de Juan Manuel de Rosas, quien alternó en la utilización de tácticas represivas y negociadoras con las tribus que literalmente rodeaban los centros urbanos del mundo considerado “civilizado”. Durante las décadas posteriores, se registraron numerosas incursiones del ejército nacional en territorios habitados por pueblos indígenas, los cuales opusieron una importante resistencia, que implicó en muchos casos la retirada de los primeros.

A partir de 1853, en Argentina se sentaron los principios y fundamentos de la política a seguir en lo administrativo, jurídico, social y militar. Aunque persistieron durante mucho tiempo las convulsiones y enfrentamientos internos, las distintas   fuerzas políticas se concentraron en legislar para gobernar, bajo la premisa de “gobernar es poblar”[5]; esa gobernabilidad implicaba asimismo la necesidad de ampliar el control sobre el territorio, dentro del cual grandes extensiones permanecían aún casi desconocidas. La idea de conquistar el territorio considerado “desierto” e incorporarlo al ámbito nacional, implicaba asimismo la sustitución de la población que lo habitaba por otra que pudiera “trabajarlo”.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, Nación y población constituyeron los dos ejes que sostuvieron un proyecto político de pretensiones “civilizatorias” para la Argentina. La circulación de ideas evolucionistas y positivistas en el ámbito de los sectores gobernantes ilustrados contribuyó a la planificación -cuando no al ensayo- de estas intervenciones sobre el territorio que señalamos. Un trabajo interesante en este aspecto es el de Jorge Pickenhayn[6], sobre las “tramas geográficas” del pensamiento de Domingo Sarmiento, uno de los principales impulsores de la política de sustitución de la población autóctona argentina por otra europea y “civilizada”. Como planteara Oscar Terán en Positivismo y Nación en la Argentina, la ideología positivista desempeñó un papel hegemónico en la interpretación de la realidad nacional, pero su impacto fue tan importante porque a la vez pudo articularse con instituciones pilares en el proceso de consolidación del Estado, como las educativas, militares y jurídicas[7].

La constatación del atraso de los países sudamericanos, en contraste con los de América del Norte, fue objeto de numerosos fundamentos y explicaciones, pero entre las posibles causas se señaló una idiosincrasia “holgazana” de las poblaciones nativas, la colonización española y la mezcla de ambos elementos. Al respecto, Sarmiento había afirmado repetidamente  que “gauchos mezcla de indio y de español barbarizado como lo son los cuatro quintos de la población; provincias sembradas aquí y allí al acaso, ignorantes, no son cosa constituible”[8].

Las nuevas clases gobernantes buscaron entonces concretar el proceso de transformación de una realidad que había sido ya lo suficientemente ideologizada desde la independencia, a través de la incorporación de trabajadores extranjeros procedentes de Europa. Los antecedentes de legislaciones en ese sentido se remontan a la época rivadaviana. Como ministro de gobierno en 1821, Bernardino Rivadavia había promovido un proyecto para la radicación de inmigrantes, que facultaba al gobierno para “negociar el transporte de familias industriosas, que aumenten la población de la provincia [de Buenos Aires]”, así como para abrir créditos que sustentaran los contratos que tuvieran lugar.[9] En ese momento que señalamos, sin embargo, el interés gubernamental se orientó más hacia una inmigración procedente del norte de Europa, desestimando la de origen español como consecuencia de posturas políticas sustentadas en la todavía reciente ruptura con la metrópoli[10]

Más adelante, en 1824 y como presidente de gobierno, Rivadavia creó la Comisión de Inmigración  con la finalidad de acelerar los procesos migratorios hacia las Provincias Unidas del Río de la Plata a través de distintos dispositivos, como la instalación de agentes oficiales de inmigración en los países de origen, que daban a conocer los beneficios de las nuevas tierras, sufragando incluso pasajes y ofreciendo tierras y herramientas de labranza. A nivel local, dicha Comisión tenia las funciones de autorizar los contratos de trabajo, garantizar alojamiento, otorgar garantías legales y facilitar la adquisición de tierras[11]. Esta temprana política agro-colonizadora, fue interrumpida durante los gobiernos de Juan Manuel de Rosas, cuyo ejercicio político hasta 1852 tuvo un carácter marcadamente anti-extranjero.

La utilización de un léxico que daba cuenta cabalmente del proyecto de país que se gestaba fue, por lo tanto, un elemento significativo en la Constitución de 1853. El esquema formal del documento se basó directamente en el de la Constitución de los Estados Unidos de América aprobada en 1787, la cual constituyó una fuente y un modelo, tanto en sus aspectos dogmáticos (el régimen político definido para el Estado, sus atribuciones, facultades y límites) como en los orgánicos (las formas institucionales y órganos desde los cuales se ejercen las funciones definidas). Ambas establecieron como forma de organización y gobierno la representativa y republicana. Sus Preámbulos guardan estrechas similitudes en lo referente a las motivaciones históricas y objetivos perseguidos.

En el caso argentino, sin duda el rasgo fundamental lo constituye la enunciación de la existencia de una “nacionalidad” histórica, geográfica, política y culturalmente situable: el pueblo de la Nación argentina del cual emanaba la representatividad[12]. La noción jurídica que alude al sujeto (hombre, mujer) es la de “habitante”, y no la de “ciudadano”, estableciéndose así las bases para el fomento de la ansiada inmigración europea hacia el país. Los “beneficios de la libertad” habían de asegurarse “para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”, tal como consta en su preámbulo.

El artículo 14 expresaba que “todos los habitantes de la Nación tienen los siguientes derechos: trabajar y ejercer toda industria; libertad de navegar y comerciar, peticionar a las autoridades, entrar, permanecer, transitar  y  salir del territorio argentino”[13]. El capítulo 20 situaba a los ciudadanos nativos y extranjeros en paridad absoluta en cuanto a los derechos civiles; sin embargo en el capítulo 21, se eximía a los extranjeros de las obligaciones militares establecidas para los nativos. El capítulo 25 era más explícito en sus propósitos: “El Gobierno federal fomentará la inmigración europea; y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes”[14]. En palabras de Juan Bautista Alberdi, contemporáneo directo de dicha legislación: “Si es verdad que en Sudamérica gobernar es poblar, todo el problema argentino está contenido en ese artículo fecundo, sin precedente en el Derecho Americano”[15].

En 1854 se sancionó la Constitución del Estado de Buenos Aires, de cuyo texto fue eliminada toda referencia a la designación “provincia”, y cualquier alusión a la Nación Argentina. Esto acontecía tan solo un año después de la sanción de la Constitución de la Confederación Argentina. De este modo, mientras desde los discursos se apelaba a un ideal unificador que pudiera construir una identidad nacional, por otro se escindía la Argentina en dos Estados: la Confederación Argentina y el Estado porteño. Una de las principales motivaciones del separatismo encabezado por la dirigencia de Buenos Aires era estrictamente económica, y radicaba en la posesión del puerto, vía de salida de las riquezas del país, epicentro comercial de la clase dirigente agro-exportadora.

Esta etapa de “secesión” en Argentina sin duda alimentó en los historiadores e intelectuales oficialistas contemporáneos el establecimiento de un necesario paralelismo con los Estados Unidos, la imagen vívida del progreso posible de una ex – colonia, en cuyo caso la herencia metropolitana era bien considerada por ser anglosajona. Durante el período posterior a la Independencia, y alternativamente durante todo el siglo XIX, los gobiernos liberales de las Provincias Unidas del Río de la Plata (más tarde la República Argentina), renegaron de la herencia colonial española, otorgándole el calificativo de “medieval” para representar el atraso que la misma tenía frente a aquella Europa colonialista que había dado lugar a procesos muy diferentes en el norte de América.

De todas maneras, más allá de estas discrepancias que cobraban sentido en un nivel mucho más ideológico que pragmático, bajo el gobierno de la Confederación se promovió la colonización de tierras en el litoral argentino mediante la radicación de familias europeas en zonas rurales de las actuales provincias de Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe. Esta gestión fue encargada a expertos franceses, entre ellos Charles Quentin, ex-administrador de la Asistencia Pública de París. Como parte de esta planificación, se creó en 1856 la Colonia Esperanza en Santa Fe y  un año más tarde la Colonia San José, en campos de propiedad de Urquiza, entonces presidente. Esta última fue poblada por colonos llegados de Suiza, Saboya y Alemania.

En 1862 asumió la primera magistratura Bartolomé Mitre, convirtiéndose en el primer presidente de una Argentina unificada como consecuencia de la derrota de las tropas de la Confederación Argentina encabezada por Urquiza en la batalla de Pavón (Santa Fé) en 1861. Allí resultaron triunfantes las fuerzas de Buenos Aires, que a partir de este acontecimiento consolidó su hegemonía política y administrativa en todos los asuntos referentes al territorio nacional. Estos cambios políticos se plasmaron en las sucesivas reformas de la constitución de 1860 y 1866, donde se sustituyeron términos como el de “Confederación” por el de “Nación”, pero los preceptos alusivos al fomento de la inmigración europea se mantuvieron sin modificaciones sustanciales. Fue en esta década que señalamos, cuando la cuestión inmigratoria y el fomento de la misma pasarían a ocupar un lugar privilegiado en la agenda política, alcanzando poco más tarde la categoría de “política de estado”.

En ese mismo año de 1862 tuvo lugar una importante corriente inmigratoria, y arribaron a la Argentina 6.716 personas, cifra que fue en progresivo aumento hasta llegar al número de 70.000 en 1874, cuando asumía la presidencia Nicolás Avellaneda, cuya legislación marcó un antes y un después en este proceso. Es decir que en doce años se había contabilizado la llegada a las costas argentinas de unos 400.000 inmigrantes, de los cuales dos tercios se radicaron definitivamente en el país[16]. En este período se dieron simultáneamente pasos importantes hacia el desarrollo técnico, de infraestructuras y comunicaciones en todas las áreas fundamentales para el comercio, exportación y distribución de productos nacionales Se dio impulso principalmente al transporte de materias primas procedentes del agro, y avances en las comunicaciones ferroviarias que se financiaron principalmente con capitales británicos. En el ámbito de lo económico, se establecieron derechos y garantías eliminando restricciones de todo tipo para el ejercicio de cualquier actividad económica llevada adelante por un nacional o un foráneo, aunque sin duda la principal intencionalidad política estaba orientada hacia estos últimos.

Figura 1
 Publicidad de un buque de pasajeros con destino a Buenos Aires

Referencia permanente en los periódicos europeos de las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del XX
Fuente: Museo Nacional de la Inmigración, Buenos Aires


El gobierno de Avellaneda dio el impulso definitivo a esta política promulgando leyes de vital importancia. El 1º de octubre de 1875 el Congreso argentino sancionó la ley Nº 752 que fijaba las condiciones para la creación de pueblos y fortines en las nuevas líneas de frontera; poco después, la ley Nº 761 autorizó al gobierno a fomentar la inmigración y colonización de tierras públicas. Con estos nuevos instrumentos legislativos se llegó finalmente a la sanción de la conocida como Ley Avellaneda, la Nº 817 del 6 de octubre de 1876, de Fomento de la Colonización y la Inmigración, que formalizó un proceso que aún transcurría por canales oscilantes y arbitrarios[17].

La Ley Avellaneda definió como inmigrante a “todo extranjero jornalero, artesano, industrial, agricultor o profesor, que siendo menor de sesenta años, y acreditando su moralidad y sus aptitudes llegase como pasajero de segunda o tercera clase en una nave de inmigrantes con la intención de establecerse en la República Argentina”. Se creó desde la misma el Departamento General de Inmigración, dependiente del Ministerio del Interior, otorgándose al Poder Ejecutivo la facultad de nombrar agentes en aquellos puntos de Europa o de América que se consideraran convenientes y apropiados para “desarrollar una continua propaganda, proporcionar gratuitamente informes a los interesados, certificar sobre la conducta y actitud industrial del inmigrante, intervenir en los contratos de transporte y, en algunos casos, pagar sus pasajes". La propaganda y difusión de conocimientos sobre la realidad productiva nacional formó parte del dispositivo de promoción y consolidación de la inmigración, como esta publicación oficial: “Noticias útiles para inmigrantes, trabajadores y capitalistas”,

Figura 2
 Un folleto instructivo sobre el cultivo del maíz

Fuente: Museo Nacional de la Inmigración, Buenos Aires


Quienes acreditaran “suficientemente su buena conducta y su aptitud para cualquier industria, arte u oficio útil", tenían, como lo establecía el artículo 45º, el derecho de ser alojados y mantenidos a expensas del Estado durante los cinco días siguientes a su desembarco. También corrían por cuenta de la administración pública los traslados al lugar del país que el recién llegado eligiera como lugar de residencia, dentro de las prioridades establecidas oficialmente. La Oficina del Trabajo se encargaría de gestionar el acceso al empleo de los recién llegados. En su obra Vida y costumbres en el Plata, de 1888, Emilio Daireaux da cuenta del espíritu con que se observaba y alentaba este proceso:

“Llegan actualmente a más de cien mil por año. Vienen de Nápoles de Génova, de Marsella, de Barcelona, de Burdeos, del Havre, de Liverpool, de Amberes, de Hamburgo. Damos el nombre de los puertos que los envían citándolos por el orden de su importancia. Este orden, por una singular coincidencia, es también el orden geográfico, partiendo del Sur y remontando hacia el Norte. Italia, la Saboya, el mediodía de Francia, la Irlanda, he aquí las fuentes que alimentan la emigración a la Argentina. Desde que planta huella [en] el suelo de América se pone al extranjero bajo la protección del principio americano que resumiremos en una axioma, en ninguna parte escrito, por nadie concertado: «en América nadie es extranjero».”[18]

Esta  corriente inmigratoria que se incrementó exponencialmente en la década de los ochenta fue un factor clave en el incipiente desarrollo industrial argentino. El alto impacto económico del surgimiento de medianas y grandes industrias fue asimismo dinamizador de este proceso hasta los años 30 del siglo XX, momento de crisis a escala mundial. Entre 1871 y 1914 llegaron al país 5,9 millones de personas, ascendiendo la inmigración neta a 3,2 millones. Según el Tercer Censo Nacional de 1914, la mayoría de los inmigrantes, alrededor del 80 por ciento, estaba en edad laboral activa y accedía directamente al mercado de trabajo[19]. Después  de los Estados Unidos, la Argentina fue el segundo país receptor de inmigrantes entre 1821 y 1932, registrándose un aumento de su población que pasó de 1,8 millones en 1870 a 8,3 millones en 1915. Buenos Aires se consolidó como centro industrial, pasando de 177.787 habitantes en 1869 (Primer Censo Nacional) a 1.560.986 en 1914 (Tercer Censo Nacional). La ciudad de Rosario cuadruplicó su población entre 1869 y 1895[20].

Figura 3
Caricatura de las colectividades extranjeras en 
la Argentina, 1913

 

 De izquierda a derecha: italianos, españoles, franceses, alemanes, orientales, ingleses y varias nacionalidades
Fuente: Revista Caras y Caretas


Dadas las características de la actividad económica, pronto la población inmigrada se concentró en los centros urbanos más desarrollados, como las ciudades de Buenos Aires, Córdoba y Rosario que hasta el siglo XX fueron los principales lugares receptores de la inmigración masiva. La gran mayoría de personas que inmigraban eran trabajadores “no calificados”, es decir que no eran portadores de un oficio concreto, pero sí –a los ojos de la planificación oficial- de una “moralidad” que los convertía en idóneos para poblar los nuevos territorios ganados para la nación argentina. De todas maneras, como anticipábamos, sólo el 25 por ciento de los mismos se estableció en zonas rurales o casi exclusivamente agrícolas.

El caso uruguayo

La República Oriental del Uruguay sancionó su Constitución en 1830, año en que el país contaba con unos 70.000 habitantes. Esta década y las siguientes fueron escenario de cruentas guerras civiles, como la Guerra Grande (1839-1851). El pensamiento liberal dominante en los sectores dirigentes que salieron triunfantes de esta contienda, determinó que la inmigración –indispensable para poblar un territorio casi vacío- se regulara también por la ley de la “oferta y demanda”[21]. Desde mediados de ese siglo se comenzó a legislar y establecer instituciones orientadas a estimular y patrocinar el arraigo de inmigrantes en el país, con los mismos propósitos iniciales que la Argentina: el poblamiento y la colonización agrícola. Se creó a tal fin la Comisión de Inmigración en 1855, la de Migración en 1865 y se promulgó, tardíamente, la Ley de Inmigración en 1890. Hacemos esta afirmación porque, como ha sido ya estudiado, el proceso migratorio se había iniciado en forma espontánea mucho antes de que se estableciera como proyecto oficial y, por tanto, se regulara, precediendo así temporalmente a la migración hacia el territorio argentino[22]

El caso uruguayo presenta por lo tanto otras particularidades. El Uruguay de 1830 que, como dijimos antes, contaba con 70.000 habitantes, en 1875 poseía ya 450.000 y en el año 1900 alcanzaba el millón. En setenta años su población se incrementó en 14 veces,  crecimiento sin parangón en ningún otro país americano. El factor crucial de esta “revolución demográfica” fue la inmigración europea arribada al país, elemento que combinado con las altas tasas de natalidad registradas hacia finales del siglo XIX y la disminución de la mortalidad, configuraron dicho fenómeno[23].

En ese contexto finisecular se sancionó la ley 2.096 de 1890 sobre inmigración. La misma define al inmigrante como “todo extranjero honesto y apto para el trabajo, que se traslade a la República Oriental del Uruguay, en buque de vapor o de vela, con pasaje de segunda o tercera clase, y con ánimo de fijar en ella su residencia"[24]. Claro que se agregaban a ésta cláusulas relativas al otorgamiento de todo tipo de facilidades para el tránsito, la radicación y manutención inicial de las personas migradas, el alojamiento en un hotel establecido a tal fin, la exención de impuestos sobre pertenencias e instrumentos de trabajo, etc., ayudas que estaban a cargo del estado uruguayo. En sus distintos trabajos sobre el tema, Silvia Facal resalta la restricción que esta ley de 1890 impuso a la  “inmigración asiática y africana y la de los individuos generalmente conocidos con el nombre de húngaros o bohemios"[25]. De todas maneras, más adelante se consideraron situaciones puntuales de determinadas colectividades asiáticas, ante cuyo pedido de ingreso al país, el gobierno estudió los casos y concedió los permisos.

Según  varias fuentes, entre 1860 y 1890, la población de procedencia europea radicada en Montevideo alcanzó casi el 50 por ciento, imprimiendo a la sociedad uruguaya capitalina un carácter europeo que marcó claramente su identidad e instituciones; afirmándose inclusive que la tradición democrática luego consolidada hasta las dictaduras del siglo XX eran el resultado de este proceso. Hay que destacar, sin embargo, que a diferencia de Argentina, la presencia de extranjeros de países limítrofes, en este caso de Brasil, fue muy numerosa[26].

El alojamiento de inmigrantes en Argentina, 1876 – 1911

Con la legislación migratoria promulgada por el gobierno de Avellaneda, se configuró una nueva institucionalidad que asumió la figura del inmigrante como elemento constitutivo de la nación argentina, hecho que más tarde suscitó interesantes debates  acerca de la mejor forma de integración de los mismos en términos identitarios[27]. En 1880, con motivo del debate sobre la federalización de Buenos Aires, José Hernández, el autor del Martín Fierro y entonces también legislador, afirmaba:

“He visto en los periódicos la noticia de la llegada de tres o cuatro vapores con un número considerable de inmigrantes. Esta es la única República sudamericana que recibe la inmigración europea en ese alto grado. ¿Por qué? Porque encuentra en nuestro país lo que ninguna República les ofrece. Encuentra un territorio fértil, un clima benigno, una producción valiosa, una legislación liberal, un erario generoso, una índole como es la índole argentina que no tiene grandes preocupaciones, no tiene fanatismos religiosos arraigados, ni esa resistencia nativa contra el extranjero tan común en todas partes”[28].

Los valores de progreso, paz, laicidad, seguridad, y prosperidad, en torno a los cuales se había desplegado todo el aparato estratégico y político, debieron conjugarse con elementos que anteriormente habían sido señalados de manera reprobatoria. Como vemos en el discurso de Hernández, en el momento de auge de la inmigración europea se exaltan positivamente aquéllos rasgos culturales que antes habían sido denostados, como la “índole argentina sin preocupaciones”, antes llamada “holgazanería” y encarnada, sobre todo, por la figura del gaucho o criollo pobre. Asimismo, el territorio que había sido señalado como un desierto causante de la barbarie, fue transmutado discursivamente en otro “fértil” y de “clima benigno”, que fuera atrayente para los colonos europeos portadores de la fuerza de trabajo de la que, se había dicho, carecía la población autóctona.

Sin embargo, y pese a que los esfuerzos por atraer la inmigración europea que databan desde la década de 1820, hasta pasada la mitad del siglo XIX Argentina no contaba aún con albergues destinados formalmente a inmigrantes. Institucionalizada en los años 1850 una Comisión de Inmigración, integrada por diplomáticos extranjeros en el país y personalidades destacadas, se comienzan a realizar gestiones para conseguir instalaciones aptas para albergar contingentes numerosos. Como afirma Jorge Ochoa, actual director del Museo Nacional de la Inmigración, cumplió inicialmente dicha función un viejo edificio arrendado y acondicionado por esa Comisión en la calle Corrientes 8 (actualmente Avenida Corrientes entre el Leandro N. Alem y 25 de Mayo), el cual tenía la capacidad de albergar a 100 hombres y 60 mujeres y niños, aunque otras fuentes[29] sostienen cifras superiores. Posteriormente los huéspedes de estas instalaciones fueron trasladados a una precaria construcción de madera que se ubicaba cerca de la Plaza del Retiro (actualmente Plaza San Martín), que fue utilizado para estos propósitos hasta 1880[30].

Dado el arribo masivo de buques al puerto de Buenos Aires, estos dispositivos organizados para la recepción y alojamiento de las personas inmigradas pronto fueron insuficientes. La ciudad –incluyendo su área metropolitana- contaba hacia 1875 con unos 600.000 habitantes[31]. Además, era necesario prevenir situaciones de hacinamiento y falta de higiene que repercutieran en epidemias como la de fiebre amarilla que había asolado la ciudad en 1871, y los brotes de cólera que se habían registrado en la ciudad de Rosario en 1867-1868[32]. En esta ciudad hubo hospederías destinadas a la inmigración con funcionamientos más o menos regulares y transitorios, la mayoría de ellas situadas cerca de la zona céntrica de muelles y particularmente en barrios adyacentes a las estaciones de ferrocarril, como el actual –e histórico- barrio Pichincha. En investigaciones posteriores nos ocuparemos más de este tema en las ciudades del interior.

Desde los primeros momentos de arribo de la inmigración hubo una preocupación oficial por instrumentar dispositivos de acogida, pero la urgencia de contar con un alojamiento adecuado se hizo evidente ante un nuevo brote de cólera que se registró en Buenos Aires en 1873. El entonces funcionario encargado de inmigración, Guillermo Wilcken, planteó a nivel gubernamental la necesidad de construir un complejo que contara con desembarcadero, asistencia hospitalaria, dormitorios, oficinas de trabajo y de atención a los recién llegados, desde donde además se coordinara el traslado de trabajadores a otros puntos de la ciudad o el país. Asimismo, se coordinarían desde esta institución las políticas migratorias en general, incluyendo las acciones de propaganda a tales efectos en el exterior[33].

Figura 4 
La Rotonda de Retiro, utilizada hasta la inauguración del Hotel de Inmigrantes  en 1911

 

 Fuente: Museo Nacional de la Inmigración, Buenos Aires


Mientras el proyecto del Hotel de Inmigrantes tardaba demasiado tiempo en concretarse, se utilizaron las instalaciones remodeladas que habían sido sede de la Primera Exposición de Operarios Italianos, ubicada hacia 1880 en un predio que hoy comprendería las calles Cerrito y Libertad al 1500 de la Capital Federal[34].  El creciente flujo inmigratorio exigía en forma permanente la apertura de nuevos alojamientos, por lo cual se decidió acondicionar las instalaciones de lo que había sido el Panorama del Retiro[35] -conocido como “La Rotonda”-, edificio de madera y forma octogonal donde se instalaron dormitorios para hombres. Hacia allí eran trasladados los recién llegados desde el desembarcadero, también insuficiente para hacer frente a las nuevas necesidades.

En 1889 se aprobó finalmente la construcción del edificio que debía ser la imagen tangible de una “patria de prosperidad” prometida al inmigrante. Sin embargo, las obras no comenzaron hasta 1906 y se prolongaron durante cinco años. Durante ese período, la opinión pública, a través de la prensa y la literatura había criticado sistemáticamente el “asilo” de La Rotonda, caracterizado de “vergüenza pública” o “pajarera feroz”[36].

Figura 5
 Inmigrantes en la mesa. Comedor de 
la Rotonda de Retiro, antes de 1911

 

Al fondo puede observarse lo precario de esta construcción de madera
Fuente: Museo Nacional de la Inmigración, Buenos Aires


El pintor catalán Santiago Rusiñol tuvo ocasión de ver a La Rotonda de Retiro en pleno funcionamiento, durante su viaje al Río de la Plata a comienzos del siglo XX, y dejó plasmadas las impresiones que el mismo le causó en su libro Del Born al Plata. En el capitulo XVI se refiere así a la “Casa dels Immigrants”:

“Quan arriba l’immigrant hi ha una casa (si casa pot dir-se’n) que serveix d’apeadero i asil de col·locació. Aquest dipòsit, o lo que sia [sic], és un dels espectacles més curiosos que es poden veure aquí a Buenos Aires.

Afigureu-vos que al mig d’un moll, en aquests racons que hi han als ports a on van a parar totes les desferres que sembla que hagin sobrat del mar: cadenes velles, àncores rovellades […] Afigureu-vos que aquest solar és ple d’ortigues, d’escardots, de bocins de roba, de pedruscam, com si hi haguessin abocat les sobres de tots els carrers i carrerons, l’escòria de la capital, la infecció de tota la vila, i que al mig del solar hi ha l’edifici.

Aquest edifici, vist per fora, no se sap lo que és, però fa venir fred. Rodó com un circ de taulons, de color de barco abandonat, de l’alçaria de quatre pisos. […] lo mateix sembla una immensa bola que les ones han dut a terra, que un cinematògraf abandonat […] A dintre d’aquest edifici hi ha un pati quadrat i un cubell: l’un voltat dels menjadors i l’altre voltat dels dormitoris. Hem vist molts patis de misèria, però com aquell, tan fred, tan simètric, tan tristament administratiu, tan de color de pobresa, tan de netedat higiènica, d’uniformació metòdica, de dolor urbá, d’ordre civil, no n’havem vist cap, ni pensem veure’l”[37].

El testimonio de Rusiñol aporta una riqueza descriptiva que sin duda es posible por el “extrañamiento” (en el sentido antropológico), de su autor, una mirada crítica, artística, de un viajero, que se diferencia de la que podía tener la prensa de la época que cuestionaba ese centro, y radicalmente distinta de las descripciones asépticas del hotel que hacían los documentos oficiales.

El Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires: antesala de la prosperidad o “palacio para pobres”

La construcción del Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires siguió un orden de prioridades. Las obras se adjudicaron a los constructores Udina y Mosca, de origen italiano, en 1906. Se comenzó por el desembarcadero, inaugurado en 1907, y que tenía las funciones de verificar la  documentación y aptitud sanitaria de las personas que arribaban para permitir o no su desembarco. La legislación vigente prohibía el ingreso de inmigrantes afectados de enfermedades contagiosas, inválidos, dementes o sexagenarios[38]. También en los galpones adyacentes se registraban los equipajes. Pasados los controles, los recién llegados eran trasladados a La Rotonda, donde aún funcionaban los comedores y dormitorios.

Figura 6
 Planos del desembarcadero, primera de las instalaciones construidas en el complejo Hotel de Inmigrantes

   

Fuente: Museo Nacional de la Inmigración

Figura 7
Desembarco de inmigrantes, c. 1910

 

Aún su alojamiento se realizaba en la Rotonda de Retiro
  Fuente: Museo Nacional de la Inmigración


Más tarde se agregaron a la construcción la oficina de trabajo, la dirección, el hospital, y por último las instalaciones destinadas específicamente al alojamiento. El conjunto denominado Hotel de Inmigrantes (se había acordado suprimir el término “asilo”), se inauguró en su totalidad en 1911 bajo la presidencia de roque Sáenz Peña. El edificio destinado propiamente al Hotel fue replanteado por el arquitecto Juan Ronfuss y acabado definitivamente en 1912.

Figura 8  
Edificio de dormitorios y comedor del Hotel en una postal de 1912, hoy sede del
Museo Nacional de la Inmigración

 

Fuente: Archivo General de la Nación, Buenos Aires


El diseño fue concebido como una ciudadela, y comprendía una serie de pabellones dispuestos alrededor de una plaza central (figura 9).  La prensa de la época hacía referencia a la calidad de los materiales empleados en construcción del hotel y aprovisionamiento de lo que se consideraba un “verdadero palacio para pobres”.  Se trataba de una construcción de cuatro pisos “construidos todos en cemento armado, estando las instalaciones de luz eléctrica y el sistema de cloacas a la altura de los mejores edificios de su índole” (figura 8) [39].

Figura 9
Vista del complejo desde los jardines, con el Hotel a la izquierda y el desembarcadero al fondo, hacia 1915

 

Fuente: Archivo General de la Nación, Buenos Aires

Figura 10
Inmigrantes en el patio del Hotel, c. 1912

 

Fuente: Museo Nacional de la Inmigración, Buenos Aires


Efectivamente, el edificio contaba (y aún hoy puede verse) con un sistema de losas, vigas y columnas uniformes que daba como resultado espacios amplios dispuestos a ambos lados de un corredor central. La perspectiva higienista con la que había sido concebido quedaba en evidencia a través de sus paredes pintadas de blanco, y la presencia de jardines en el acceso a algunas dependencias, así como grandes ventanales que permitían contemplarlos desde la cocina (figura 11) y el comedor (figura 12). La superficie total del complejo abarcaba 27.000 metros cuadrados.

 

Figuras 11 y 12
El Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires hacia 1914

Figura 11
La cocina a vapor

Figura 12
El comedor de hombres
 


Fuente: Museo Nacional de la Inmigración

El alojamiento y manutención eran gratuitos y a cargo del Estado durante cinco días, período que podía ser extendido en caso de enfermedad o si el beneficiario no había encontrado un empleo. En el hotel podían pernoctar hasta cuatro mil personas, había cuatro dormitorios en cada piso, con una capacidad de doscientas cincuenta personas en cada uno. Los comedores tenían turnos de a mil personas, y estaban también separados por sexos, como puede verse en la figura 11. Las mujeres y los hombres dormían separados, las primeras junto a los niños (figura 13).

La dinámica cotidiana implicaba que el hombre salieran a la ciudad, previa gestión del trabajo por parte de la oficina correspondiente, y las mujeres permanecieran en general en el hotel a cargo de los niños y recibiendo instrucción sobre tareas domésticas (figura 14).

Figura 13
Dormitorio de mujeres en uno de los pabellones del Hotel de inmigrantes de Buenos Aires, c. 1912

Figura 14
Enseñanza de labores domésticas en las dependencias del mismo  hotel, 1914

Fuente: Archivo General de la Nación, Buenos Aires

Figura 15
Exposición permanente de maquinarias agrícolas, c. 1915

           

 

 Museo Nacional de la Inmigración, Buenos Aires


En uno de los edificios del complejo, dedicado a servicios laborales para los inmigrantes, se situaba una exposición permanente de maquinarias agrícolas (figura 15), donde también se impartían cursos para su utilización, como puede verse en la figura 16. En ésta se destaca además la participación de mujeres, ya que la mayoría de las actividades, como hemos dicho, las realizaban separadas de los hombres.

Figura 16
Curso sobre el funcionamiento de maquinarias agrícolas, c. 1915

 

Fuente: Museo Nacional de la Inmigración, Buenos Aires


En su funcionamiento y organización, el complejo-hotel porteño fue muy similar a de Inmigrantes del barrio de Bras, Sâo Paulo, que también se fue concebido como un complejo que atendía integralmente las necesidades de las personas inmigradas, proporcionaba alojamiento y manutención gratuitas por una semana pero también servicios sanitarios y de colocación, gestionando los contratos y el transporte de los trabajadores hacia donde se requiriera mano de obra. Esta institución desde 1930 también atendió el movimiento migratorio interno de Brasil[40].

Figura 17
Reconstrucción del comedor del Hotel de inmigrantes

 

Fuente: Museo Nacional de la Inmigración de Buenos Aires


El Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires funcionó con las características generales señaladas hasta 1953. En la década de los años 70 distintas colectividades de extranjeros radicados en el país realizaron gestiones ante la Dirección Nacional de Migraciones para la instalación de un museo de la inmigración, gestiones se concretaron en 1985, cuando se aprobó la utilización de un sector del edificio como Museo, archivo y Biblioteca de la Inmigración.  

Figura 18
 Fachada actual del Museo Nacional de 
la Inmigración de la República Argentina

 

Edificio donde funcionó el antiguo Hotel de Inmigrantes
Fuente: Museo Nacional de la Inmigración, Buenos Aires


En 1990, por un decreto del Poder Ejecutivo Nacional se declaró al conjunto Monumento Histórico Nacional. En 1997 el Ministerio del Interior creó el Programa "Complejo Museo del Inmigrante", dependiente de la Dirección Nacional de Migraciones. Se destinó como sede la totalidad del edificio del Hotel de Inmigrantes y su entorno, donde funciona actualmente (figura 20). A través de su archivo pueden consultarse arribos de pasajeros desde el 1900, documentos de desembarco, registros laborales, etc. Se conservan archivos de listas de pasajeros realizadas por los capitanes de las embarcaciones. Ofrece además muestras permanentes y periódicas sobre la historia de los movimientos migratorios a la República Argentina, en coordinación con el CEMLA, Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos.

El Hotel de Emigrantes de Montevideo

Como hemos dicho anteriormente, el fenómeno migratorio importante hacia el Uruguay precedió temporalmente al argentino, antes de que se masificaran e hicieran sistemáticas las migraciones hacia la otra orilla. Además de la política migratoria oficial, que en general sucedía a la migración “de hecho” -es decir, se normativizaba en la medida que la realidad lo exigía-, fueron las redes sociales y familiares un elemento importante en el arribo de europeos a Uruguay, junto a la estabilidad política de que gozó relativamente desde la segunda mitad del siglo XIX[41].

Figura 19 
 Alojamiento de Inmigrantes

 

 Sección Desembarco instalada en el Puerto de Montevideo, con el objeto de recibirlos, 1913
Fuente: Archivo Nacional de la Imagen SODRE - Red Académica Uruguaya


Desde el último tercio del siglo XIX hasta mediados del XX, llegaron a Uruguay inmigrantes o refugiados procedentes de España, Italia, Francia, Inglaterra, Alemania, Austria, Suiza, Armenia, Rusia, Turquía, Hungría, Polonia, Checoslovaquia, Grecia, Yugoslavia, Rumania, Portugal, Holanda, los países bálticos, Siria, Líbano y Egipto. Esta heterogeneidad conformó lo que Silvia Facal llama acertadamente “crisol de naciones”[42], término sin duda más feliz que el conocido “crisol de razas” argentino.

La inmigración española y la italiana fueron las más importantes, aunque también fue numeroso el desplazamiento de franceses. En el caso de los últimos, su presencia se remonta a la época del sitio de Montevideo, durante la Guerra Grande, ya que formaron parte de legiones numerosas allí establecidas durante el sitio a Montevideo.

En el caso uruguayo hay que destacar también la presencia de colonias rurales, siendo las principales las procedentes de Suiza, y que luego dieron nombre a ciudades y pueblos como Colonia Suiza o Nueva Helvecia. En este caso se trató de agricultores emigrados que se establecieron como pequeños productores de industrias lácteas familiares, que hoy le imprimen esa característica a los departamentos de San José y Colonia.

Desafortunadamente no contamos aún con registros exhaustivos de fácil acceso sobre los itinerarios de la migración arribada al país en el siglo XIX, o archivos que permitan conocer en detalle la cotidianeidad de dichos arribos, alojamiento, coordinación de los servicios oficiales sobre el tema. De todas maneras, se han digitalizado algunos registros del Consulado Español en Montevideo en 1910, correspondientes al Boletín de Emigración, elaborado por el Consejo Superior de Emigración (CSE), creado en España en 1907, cuyo objetivo era recoger estadísticas de las entradas y salidas de españoles que viajaban a ultramar[43]. Los datos publicados en estos boletines interesan en particular, en relación con el tipo de migración por redes que mencionamos, ya que en los mismos se consignan aquellos desplazamientos más bien espontáneos, que no respondían a una planificación asistida desde España de ninguna manera –hecho en el que se insiste a lo largo del documento-.  Estos registros fueron redactados entre 1910 y 1911 por Félix Cortés para uso de la Administración en el año 1912.

El texto sí da cuenta de los dispositivos implementados por el gobierno uruguayo en cuanto al alojamiento de inmigrantes y las gestiones orientadas a su empleo. El citado Cortés los describe de esta manera:

“La Casa de Emigrantes ú “Hotel de Emigración“ que también con este nombre se le conoce en el Uruguay, es de creación reciente pues su fundación data del año 1908, teniendo por exclusivo objeto fomentar la emigración á este país […] ofrecer al emigrante á su llegada, habitación, alimento y abrigo; procurándole asimismo colocación y trabajo, en armonía con sus aptitudes, edad, sexo; destinando también un buen número de jornaleros á las labores y tareas del campo.”

La fecha en que se sitúa la creación de este Hotel es efectivamente 1908. Esta acción formó parte del fomento y apoyo a la inmigración durante el gobierno de José Batlle y Ordóñez, impulsor de la modernización del Uruguay. Se destinaron fondos a la creación de un edificio conocido por tanto como Hotel de Inmigrantes (en Uruguay) y de Emigrantes (en el exterior), como dice el documento, –lo cual tiene su lógica-. Este edificio habría estado situado en la desaparecida playa Bella Vista de Montevideo, barrio de tradición fabril y portuaria que se sitúa en el oeste de la ciudad, frente a la Bahía.  La ausencia de planificación en lo que refiere a la contratación de trabajadores por parte de la administración uruguaya, es así descripta por Cortés, quien señala incluso críticamente algunas acciones de las agencias de empleo:

“El Gobierno uruguayo […] todavía no ha llevado á cabo contratación de ninguna clase que se refiera á procurarse emigración, limitándose tan sólo al presente á fomentar la emigración de reverencia facilitando al emigrante medios de vida, y a que este país, por su riqueza y principalmente por la extensión que va adquiriendo, reclama de día en día nuevos brazos y actividades. […] existen también y como auxiliares para el obrero en el país una Oficina titulada del Trabajo y gran número de Agencias, que como es lógico no resultan ventajosas para el emigrante desde el momento en que empiezan por fijar un precio á los servicios que prestan”[44].  

Como consta en el documento, el funcionamiento en general del hotel era en su normativa, muy similar al de Buenos Aires, pero sin embargo, el autor observa que muchos recién llegados optaban por “libremente procurarse recursos para hacer frente á sus necesidades y saliendo otros á los pocos días de su llegada para el vecino puerto de Buenos Aires”, y alude razones de funcionamiento de la Casa no muy explícitas. El hotel, al igual que su par porteño, proporcionaba alojamiento gratuito por un máximo de cinco días, transcurridos lo cuales debían pagar “treinta centésimas de peso diario los mayores de quince años, y quince centésimas los de cinco a quince años de edad”. En estos casos, donde los inmigrantes arribaban a Montevideo pero se trasladaban rápidamente a Buenos Aires, no se registraban en las oficinas consulares, por lo cual no quedaban constancias formales de su paso por el país. También se hace referencia a la situación un tanto desventajosa que tenían los trabajadores extranjeros respecto a los nacionales para su contratación. Se valora en gran medida los esfuerzos del gobierno uruguayo a la vez que se perciben como insuficientes, comparativamente al potencial del país.

De todas maneras, a modo compensatorio de las carencias o necesidades no cubiertas por el Estado de la sociedad de acogida, los inmigrantes -en este caso españoles, pero sabemos que cabe para otras colectividades- contaban con el apoyo de las llamadas “sociedades de socorros mutuos”, más tarde conocidas como mutuales[45], instituciones surgidas de la iniciativa de inmigrantes que habían llegado más tempranamente y consolidado algún capital razonable. Los mismos habían generado sociedades filantrópicas y redes de protección y asistencia sanitaria, así como otros establecimientos (casinos, centros de recreación) destinados a quienes poseían un poder adquisitivo mayor.

Finalmente, el citado documento ofrece los datos del año 1911, donde se indican que habían ingresado al país 1.062 hombres y 539 mujeres, pero se habían alojado en el hotel 1.293, es decir que 308 personas decidieron prescindir de sus servicios. La mayoría de los inmigrados (60%) eran jornaleros y peones o trabajadores no calificados, un 30 por ciento agricultores y un 10 por ciento de profesiones no determinadas. Los puertos desde donde habían embarcado habían sido, en este orden, La Coruña, Vigo, Bilbao y Barcelona.

Conclusiones

Los movimientos migratorios que tuvieron lugar durante el siglo XIX desde Europa hacia América, supusieron para los países receptores de la inmigración la puesta a punto de dispositivos e instituciones que facilitaran el control de quienes llegaban al país.  A la preocupación por la prevención de epidemias –recurrentes durante todo el siglo XIX- se unió el control de actividades como la mendicidad, consideradas socialmente “indeseables”, así como más tarde el activismo sindical.

Al respecto se registran políticas muy similares en los países del cono

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