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MAGIA RELIGION MEDICINA Y BRUJERIA

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MAGIA/RELIGIÓN/MEDICINA Y BRUJERIA

MAGIA/RELIGIÓN/MEDICINA Y BRUJERIA
FILOSOFIA MARISMEÑA

MC RAMÓN LARRAÑAGA TORRÓNTEGUI

MAGIA/RELIGIÓN/MEDICINA Y BRUJERIA

La medicina nace ligada a la magia, brujería y religión, y al paso de los años terminaron disputándose el poder. Entiendo que es una lucha sin cuartel en donde la religión se aprovecho del fanatismo. Que el médico, aun en el momento presente, conserva todavía ciertos rasgos y componendas de mago, de brujo y de semi/dios. Apenas haría falta decir que en las sociedades primitivas (y cabe suponer que otro tanto sucedía en los albores de la propia humanidad) el arte de sanar es propiedad exclusiva de los hechiceros o chamanes que ya mediante conjuros y prácticas mágicas diversas, fueron asumiendo funciones sacerdotales y sirviéndose de la oración, buscaban propiciar el remedio a la enfermedad.

Ha pasado miles de años y ese estado de cosas se mantiene, en lo esencial, con la aparición de las primeras grandes civilizaciones. Así, en Egipto, pese a las indudables habilidades quirúrgicas de sus médicos y la existencia de un más que notable listado de tratamientos farmacológicos, la medicina es prácticamente imposible de separar de las creencias religiosas y las prácticas mágicas.

Ello era debido, entre otras razones, a que la enfermedad se consideraba, por lo general, causada por agentes sobrenaturales y, en consecuencia, no podía ser tratada más que por procedimientos igualmente sobrenaturales, algo que era sólo potestad de magos, hechiceros y sacerdotes, inspirados y protegido por Dios. De manera que el médico como tal, aquél de quien podemos pensar que cultivaba una primitiva medicina racional, se veía obligado a compartir su ocupación con el mago y el sacerdote, e incluso no resulta extremado conjeturar que, influido por éstos, antes consideraba la efectividad de sus prácticas debida a la magia y a la religión que a sus propios conocimientos y habilidades. Muy similar es la situación que hallamos en Mesopotamia en donde existían tres grupos relacionados con la salud: el vidente, el exorcista o sacerdote y el médico propiamente dicho, aunque existía una cierta separación entre las competencias atribuidas a cada uno de ellos. Así, el sacerdote y el brujo, sólo tomaban  cartas en el asunto cuando existía alguna sospecha de que la enfermedad a tratar tuviese un origen sobrenatural.

En caso contrario, las disposiciones sobre el tratamiento a seguir dependían del médico. Mucho más entremezclada con la magia y la religión se hallaba la medicina de los antiguos hebreos, para quienes (salvo casos obvios, como los debidos a heridas infligidas o a accidentes) la enfermedad tenía siempre un origen divino o demoníaco y, en consecuencia, la curación únicamente por procedimientos mágicos o religiosos podía alcanzarse. El fin, mágico era, asimismo, en la India, el fundamento de la medicina védica, sin que, con todo, pueda asegurarse, de modo absoluto, que desconociese por completo otras prácticas de carácter más racional. Si acaso, de las primeras grandes civilizaciones, quizá sólo en los chinos cabe atisbar unos conocimientos sanitarios tal vez por entero independientes de la magia o la religión, fundados, principalmente, en la fitoterapia.

Tampoco los griegos fueron ajenos a ese entrecruzamiento entre médico,  magia y religión, como lo prueban (ya en época muy avanzada) algunos textos de Empédocles y aun del propio Platón. Pero también es verdad que en Grecia existe toda una corriente médica y precisamente en la Ilíada, nos presenta Homero al legendario y luego divinizado Asclepio (Esculapio para los romanos), príncipe de Tricca, como un simple médico mortal, aunque, eso sí, de agudos conocimientos y conducta ejemplar: “Intachable”, como lo califica Homero en el Canto IV de su inmortal poema. La curación era una de las funciones encomendadas a sus sacerdotes, que buscaban propiciarla apoyándose, entre otras cosas, en los sueños y en la fe del paciente.

La corriente religiosa de Asclepio asocio a la enfermedad con sus hijas Higeia (Salud) representaba la prevención de la enfermedad sirviéndose de un régimen de vida inteligente y moderado, o (también podríamos decirlo así) el buscar conservar la salud mediante la higiene. En tanto que Panacea (cura todo o curación total) prestaba su apoyo a aquéllos que curaban sirviéndose de determinadas sustancias y productos adecuados a cada caso. Como quiera que sea, estas dos ramas médicas ya no eran posesión de los sacerdotes, sino de individuos que basaban su labor en los conocimientos anatómicos y fisiológicos del momento. Y de ellas, de Higeia y Panacea, surgirá la medicina como tal, vía Hipócrates y Galeno (sin olvidar a Aristóteles).

Durante más de la mitad de la Edad Media  la medicina (o algo parecido a ella) será ejercida por clérigos y monjes, y sólo hacia el siglo XII, con el nacimiento de las primeras Universidades, se producirá el despegue de la medicina científica y de la profesión médica como tal (la ciudad de Salerno es, en este sentido, un nombre paradigmático), proceso en el que tuvo crucial importancia el conocimiento de textos de los médicos árabes, miembros, hasta ese momento al menos, de una tradición médica mucho más racionalista que la cristiana.

 Mas también cabe conjeturar que para que tal proceso se consumará definitivamente y la medicina entrará en un camino sin retorno posible, fue necesario esperar a que adquiriese una cierta carta de naturaleza la separación entre el alma y el cuerpo, y con ella la consideración de que la salud y la enfermedad atañen únicamente al último en tanto que organismo vivo, y aun en tanto que máquina. Mas si la medicina nace apadrinada por la magia, nunca ha perdido el médico (como decía antes) una suerte de aire de mago, una especie de complejo (utilizo el término en el sentido estricto que tiene en psicología, aunque nada se perdería, supongo, si en lugar de complejo decidiéramos hablar de síndrome).

Lo que quiero decir no es tan sólo que como mago es visto el médico, con no escasa frecuencia, por el propio enfermo que en algunas ocasiones espera de él una curación imposible o un milagro, al tiempo que lo considera investido de un poder y unos conocimientos tan sorprendentes como esotéricos: me refiero, también, a que el mismo médico diríase hallarse perfectamente cómodo con esa imagen y en ese papel que se le atribuyen y, en consecuencia, ve su persona y su labor como el resultado o el punto de confluencia de una serie de prácticas y saberes inalcanzables e incomprensibles al común de los mortales, mucho menos el nombre de las enfermedades o fármacos recetados.(visto 85 veces)
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