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QUE SABEN LOS PITUCOS LAMIDOS Y SHUSHETAS

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En sus actuaciones en locales bailables , antes de arremeter con la letra de "Así se baila el tango", Castillo recitaba una glosa que decía así:

Una corrida elegante,
tras la vuelta una sentada
y un ocho bien compadrón.
Así lleno de emoción
yo me lucí en mil fandangos,
porque así se baila el tango de alma,
de alma y de corazón".

Después de lo cual atacaba con:
¡Qué saben los pitucos, lamidos y shushetas!
¡Qué saben lo que es tango, qué saben de compás!
Aquí está la elegancia. ¡Qué pinta! ¡Qué silueta!
¡Qué porte! ¡Qué arrogancia! ¡Qué clase pa'bailar!

Estos versos de Elizardo Martínez Vilas (Marvil) son cantados e interpretados por Alberto Castillo con suma picardía, acompañándolos con una mímica destinada a exaltar el argumento delineado por la letra.

Castillo, al hacerlo, expresa su propia proximidad física y sentimental con aquellos a los que va dirigida, es decir los bailarines tangueros, por una parte, y se mofa de los comunmente denominados "petiteros", por la otra. (muchachos "figurines" habitués del Petit Café de Santa Fe y Callao).

Bien se puede afirmar que fue este tango el que no sólo lanzó a la fama a Alberto Castillo, sino también el que por primera vez ensalzó y envalentonó a los milongueros de la época.

La virilidad exaltada en sus versos, movió a los jóvenes a volcarse al tango instándolos a bailar tal cual lo indica la letra y así poder reafirmar su condición de varones. Por mucho tiempo, toda una generación de milongueros se vanaglorió de haber presenciado, en tal o cual club, las roscas que se armaban cada vez que Castillo arremetía con "Así se baila el tango". Verdad o mentira, la gran mayoría afirmaba haberlas presenciado y los más audaces, se jactaban de haber participado activamente en tales refriegas.

Muchos años después, en una entrevista radial, Castillo comenta con evidente nostalgia esos sucesos, empleando un decir entre bonachón y burlón, tal cual era su estilo.

En cierto momento de la entrevista, Antonio Carrizo le dice:

«Pero vos le dabas un énfasis especial a las palabras "qué saben los pitucos". Parecía algo hecho a propósito, más o menos como tirar un cohete en una fuente de tallarines».

«No, no», responde Castillo y agrega socarronamente: «Sabés qué pasa, que no era indicativo de ofensa, porque no está dedicado a nadie, ni estába marcándoselo a nadie. Esta era una cosa que estoy defendiendo, como diciendo: ¡qué saben éstos!».

«Pero si yo estaba bailando un "bugui bugui" o una " conguita" con una conquista; con trajecito, corbatita, bien peinadito» -continúa Carrizo- y agrega: «¡A mí me parece que vos ibas a buscar guerra!»

«No, de verdad te digo, nunca, nunca», responde Castillo.

«¿Y qué decían Tanturi y los músicos, todos profesionales? ¿Para qué trajimos a éste que nos va hacer romper el alma a todos?»

«Bueno, en el fondo te imaginás que era un éxito tan grande que él estaba alegre. Estaba contento por el efecto que producía, ¿Te das cuenta?. Entonces los "tangueros", tranquilos, se movían, gozaban de todo y... los que, como te decía, se daban por aludidos, bueh...»

«Y para qué lado agarraban las pibas», pregunta Antonio Carrizo.

«Las pibas estaban conmigo, mirá vos lo que son las cosas».

Durante la entrevista, la inflexión de su voz y las pausas intencionadas, permiten apreciar en Alberto Castillo, sinceridad y picardía, atributos que él siempre transmitió en sus actuaciones, los mismos que le permitieron luego imponer una especial característica interpretativa.

Ya como solista, Castillo adopta un nuevo estilo. Sus movimientos en el escenario, su manera de tomar el micrófono, el aparatoso pañuelo de bolsillo como adorno, su camisa con el cuello desabrochado, la corbata floja y la mano derecha junto a su boca, tal cual lo hacían los vendedores callejeros para vocear los productos que vendían, lo convierten en un personaje inusual. Él es un cantor diferente y su público comienza a colmar los lugares donde actúa.

Alberto Castillo nunca dejó de reflejar su condición de muchacho de esquina identificado con su público; ese mismo que en 1944 obligó a la policía a cortar el tránsito de la avenida Corrientes, frente al Teatro Alvear, donde él actuaba. Según José Gobello: «ha sido el último cantor de tangos que movilizó multitudes y tuvo lo que se llama hinchada».

Su proximidad física y sentimental con el "tanguero" de entonces, le permitió brindar al tango un motivo más para su resurgimiento, en especial en lo que al baile se refiere.

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Comentarios QUE SABEN LOS PITUCOS LAMIDOS Y SHUSHETAS

ERAN LEGENDARIAS ME DECIAN MIS PADRES , LAS GUERRAS Y VOLADURAS DE MESAS Y SILLAS QUE SE ARMABAN EN EL CIRCULO URQUIZA,JUSTO FRENTE A MI CASA, CADA VEZ QUE CASTILLO , ARRANCABA CON ESTE TANGO.ES QUE VILLA URQUIZA ERA UN BARRIO DE LAMIDOS Y SHUSHETAS JAJAJA. EN SERIO, CREO QUE ES ELBARRIO MAS HERMOSO DE LA CAPITAL FEDERAL.MORGANA

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