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QUIEBRA O BANCARROTA?

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BANCARROTA No se conocieron las bancarrotas en Francia antes del siglo XVI, y el motivo es porque entonces no había aún banqueros. Los lombardos y los judíos prestaban con garantía al 5 por 100, y sólo se ejercía el comercio con dinero contante y sonante. Esto no quiere decir que algunos comerciantes no se arruinasen; pero su ruina no se llamaba bancarrota, se llamaba quiebra, cuya palabra no suena tan mal. La clasificación de bancarrota trae su origen de la voz italiana banco rotto, bancarotta. Cada negociante tenía su banco en la plaza donde verificaba el cambio; y cuando le salían mal los negocios, se declaraba fallito y abandonaba sus bienes a sus acreedores, guardándose parte de ellos, para poder vivir. Quedaba libre y le consideraban como hombre honrado. No procedían contra él, porque confesaba que se había roto su banco, banco rotto, bancarota. En algunas ciudades podía conservar todos sus bienes y dejar burlados a sus acreedores, si se sentaba sobre una piedra y enseñaba el trasero delante de todos los comerciantes. Esta costumbre era una suave derivación del antiguo proverbio romano Solvere aut in œre au tin cute; pagar con el dinero o con la piel. Pero esta costumbre ya no existe; los acreedores prefieren recobrar las cantidades que se les deben a ver el trasero al que hizo bancarrota. En Inglaterra y en otros países las bancarrotas se declaran en las Gacetas. Los asociados y los acreedores se reúnen en cuanto lo saben, y unos y otros tratan de arreglarse si pueden. Como algunas veces las bancarrotas son fraudulentas, debe en estos casos castigarse a los que quiebran, y se les forma proceso y se les condena por robo. No es cierto que se haya instituido en Francia la pena de muerte indistintamente para todos los que quiebran. Las quiebras sencillas no se castigan con ninguna pena. Las quiebras fraudulentas se castigaban con la pena de muerte en los Estados de Orleans y en los de Blois en 1576, durante el reinado de Carlos IX. Pero esos edictos, que renovó Enrique IV, sólo fueron ya conminatorios. Es muy difícil probar que un hombre se deshonra expresamente y cede voluntariamente todos sus bienes a sus acreedores con el objeto de engañarlos; al comprender esta dificultad, se ha circunscrito la ley a poner en la picota a esos desgraciados o a sentenciarlos a galeras. Los quebrados fueron tratados con muchísima consideración el último año del reinado de Luis XI y durante la regencia. El deplorable estado a que quedó reducido el interior del reino, la multitud de negociantes que no podían o no querían pagar, la cantidad de efectos invendibles que se acumuló, el temor de que se arruinara completamente el comercio, obligó a los gobiernos, desde 1715 a 1726, a suspender todos los procesos que se seguían a los que quebraban. Como el Estado había hecho bancarrota, le pareció injusto y cruel castigar a los particulares que se declaraban en quiebra.

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