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TANGO NOCTURNIDAD Y PECADO

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En 1875 se sancionó en Buenos Aires una ordenanza reglamentaria de la prostitución, que estuvo vigente durante casi sesenta años y se circunscribía a la habilitación municipal de lenocinios, la inscripción obligatoria de las prostitutas y el control médico periódico, pero fracasó como medida preventiva de la sífilis. En 1920, las autoridades municipales reiteraron la vigencia de una libreta sanitaria y el examen médico periódico. Al año siguiente se agregaron las modificaciones de la ley Palacios respecto a la prostitución de menores y el rufianismo, incorporadas al Código Civil. Por su parte, la Convención de Ginebra cambió la designación de “ trata de blancas “ por la de “trata de mujeres y niños”. Las autoridades municipales reglamentaron los prostíbulos. Se consideraban casas amuebladas las que tenían más de cuatro habitaciones en las que vivían o no meretrices pero, en general, debían ser ocupadas por parejas y pagar una tasa anual. También fueron reclasificadas las fondas con alojamiento. Se denominaron posadas las casas amuebladas ocupadas por parejas con o sin equipaje. Casas de vecindario eran las que tenían más de 4 departamentos independientes con acceso directo. El 9 de enero de ese año se dispuso la erradicación de los prostíbulos y la persecución de la prostitución clandestina en las cercanías de las escuelas, colegios, templos, oficinas del estado y fábricas. En marzo se dispuso que no se inscribieran en el Dispensario de Salubridad a las prostitutas cuyo domicilio “se halle en la misma cuadra en que existan templos de cualquier culto, establecimientos educacionales o fábricas donde trabajen mujeres”. El 17 de marzo se dispuso la clausura de los clandestinos que funcionaban en inquilinatos, departamentos, casas de vecindad y se hicieron batidas para combatir la prostitución. En 1925 se intentó perseguir al prostíbulo de muchas mujeres y al rufián, y se dejó en libertad a las que ejercían en forma individual. La policía restableció una ordenanza de 1908 sobre casas de lenocinio, que disponía registrar la filiación de las internas y sirvientas cuya libreta debía ser sellada y rubricada en la Comisaría. Multaban las infracciones con $ 30 o diez días de arresto, y la reincidencia con $100 o 30 días de arresto. Las mujeres debían ser mayores de 22 años, estar inscriptas en un Registro y no podían trabajar en forma independiente. Podía haber un prostíbulo por cuadra, pero no instalarse en departamentos, casas de vecindad, conventillos o residencias particulares. Se prohibía la afluencia de mujeres de otras casas con ocupaciones semejantes. Los lugares no debían tener signos externos que denunciaran su existencia y la atención médica estaba a cargo de médicos municipales. Los bailes públicos no debían realizarse en posadas, casas amuebladas, cafés, almacenes ni negocios al aire libre. El horario era de 20 a 24 horas y de 20 a 4 en carnaval. Se permitían las fiestas de disfraz siempre que los concurrentes no utilizaran ropas sacerdotales, militares, licenciosas ni “cambiar de sexo en el vestir”. Se prohibía bañarse, desnudarse, exhibirse en público ni orinar en la calle, y se cerraron los café–concerts, llamados Cafés de Figurantas, la mayoría en el Paseo de Julio. En 1933 se abolieron estos establecimientos en Rosario y luego en toda la República. El 11 de octubre se sancionó en Ginebra la Convención Internacional contra la “Trata de blancas y niños“. En 1934 una Ordenanza Municipal dispuso su clausura en la Capital Federal y, tres años después, en todo el territorio nacional. A mediados de 1935 se clausuraron los hoteles y fondas con alojamiento, casas amuebladas y posadas, se derogó la Ordenanza sobre moralidad pública y se reprimieron los delitos por escándalo. Se registró entonces un aumento de las bailarinas de cabarets, la mayoría del interior. Pocas eran extranjeras. Aumentó la sífilis y la tuberculosis, y las prostitutas cambiaron su nombre por vitroleras, chicas sueltas, varietés, etc. En 1936 se sancionó la ley de Profilaxis de Enfermedades Venéreas en todo el territorio nacional. Se prohibieron las casas o locales condenando a sus dueños y se dispuso el análisis prenupcial de enfermedades venéreas. Quedaron en pie las figuras penales que sancionaban a los proxenetas. En la provincia de Buenos Aires, la policía cobraba coimas para permitir los negocios de los empresarios del ambiente. Desaparecieron los prostíbulos clandestinos, los hoteles de citas y los delitos contra el pudor, disminuyeron los abortos y se combatió el rufianismo. Las mujeres podían circular por las calles manteniendo las formas: había hotelitos, callejeo, dancings, cabarets con piezas o combinados con hoteles y departamentos donde la prostituta recibía una comisión por cliente. En 1937 aumentó la sífilis en los hombres, pero cedió desde 1938 por el certificado prenupcial y, a partir de 1945, la penicilina hizo declinar drásticamente esa enfermedad. En los barrios aumentaron los rufianes y las meretrices en los inquilinatos. El manyamiento policial era el reconocimiento de las detenidas por averiguaciones y sumariadas por vagancia. De allí pasaban al control médico. Permanecían 5 días internadas y se esperaban otros 5 para conocer el resultado de las reacciones para detectar sífilis. Si era negativo, regresaban a la comisaría y de allí a la Cárcel de Encausados hasta cumplir 10 días de arresto. Los edictos policiales fueron utilizados como instrumento de control aunque también se arrestaban mujeres que intentaban dejar la prostitución. Las comisiones policiales tenían la obligación de rendir una cantidad fija de detenciones por día, una verdadera caza de brujas de mujeres que, si bien integraban un sistema legal destinado a usufructuarlas, se consideraban un mal necesario para la salud y la paz social. Los municipios tenían como principal ingreso la tasa de “tolerancia“ a los prostíbulos. Las alojadas no podían salir a la calle más que pocas horas en días fijos, no debían caminar en grupo ni mostrarse en puertas y ventanas ni hablar con los pasantes; estaban sujetas a revisaciones médicas y ponerse en cuarentena; no podían tener con ellas a sus hijos; estaban registradas “en su condición de rameras sólo redimible por matrimonio o residencia prolongada en casa honesta“, y no podían habitar en otro domicilio que no fuera el prostíbulo. En caso contrario eran denunciadas, declarada prófugas y devueltas a su residencia. La prostitución era un negocio rentable y seguro que había que cuidar de la competencia de los clandestinos que no pagaban tasa. Con el tiempo, las meretrices fueron reemplazadas por mendigas, obreras, empleadas, victroleras, manicuras, cabareteras, sirvientas, partiquinas. Un lugar de trabajo fue la Plaza Británica junto a la Torre de los Ingleses donde estaba la llave de la luz. La policía rodeaba la plaza, las iluminaba y detenía a las mujeres y a sus clientes. En 1926 y 1930, Raquel Liberman denunció a la organización Zwi Migdal. Raquel había nacido en Lodz, Polonia, y creció en medio de privaciones hasta que Jaime Cissinger se casó con ella y, ya en Buenos Aires, fue obligada a ejercer la prostitución. Mirtha Schalom relata en La polaca, inmigración, rufianes y esclavas a comienzos del siglo XX (Buenos Aires, Norma, 2003) la historia de Raquel y del Comisario Alsogaray quien la utilizó para enfrentar a la organización que operaba desde 1906. Ese año los rufianes fundaron la sociedad de ayuda mutua “Varsovia“, de la que se desprendió otra que denominaron “Asquenasum“. Algunos rufianes formaron luego la “Zwi Migdal“ (“Gran fuerza”) en homenaje a su fundador de nombre Migdal, según algunos. En 1929, las autoridades de la provincia de Buenos Aires aceptaron el cambio de nombre y de jurisdicción. Alsogaray logró que la justicia condenara a la mayoría de sus miembros en 1930, y CARAS Y CARETAS publicó los nombres y las fotos de los rufianes y de las “madamas“, 108 en total. La Migdal era una sociedad con estatutos, personería, un edificio suntuoso, un activo representado por las prostitutas y un pasivo, las coimas para asegurar su impunidad. En 1933 eran frecuentes los remates de esclavas en los que se vendían por menos de 2500 pesos, y se facilitaba dinero para traer mujeres de Europa y de otros lugares. La organización llegó a tener 192 prostíbulos con 30.000 internas. Sus ganancias explican por qué los rufianes preferían la cárcel a cambiar de trabajo. Para la Zwi, cada mujer producía $ 280.000 anuales cuando un gramófono costaba $ 25; una máquina de coser, $60; una cama de bronce, $ 47, de acero, $ 39 y un juego de comedor de 23 piezas, $295. El ingreso diario de una cocotte era de $100; de una cabaretera $30; de una prostituta clandestina $ 20; de una girante $15 y de una alcahueta menos de $5. Practicaban su profesión en cortadas o en pasajes como el de San Mateo en Palermo. En 1927, Albert Londres, un periodista francés, siguió el tráfico de meretrices desde Francia y publicó Le Chemin de Buenos Aires (La traite de blanches). La Editorial Claridad reeditó 10.000 ejemplares y, en 1998 hubo otra edición española. Londres murió en el incendio del Georges Philippar en 1932 cuando regresaba de un viaje donde descubrió un escándalo que incluía drogas, armas y la intervención bolchevique en China. Sus notas fueron destruidas por el fuego. El camino a Buenos Aires fue llevado al cine por Juan Bautista Stagnaro. La coproducción argentino-yugoslava se estrenó en 1988 con Adrián Ghío, Osvaldo Santoro y Mauricio Dayub. En el libro, Albert Londres se encuentra con unos cafishos (rufianes) en una confitería de París. Uno venía a buscar mujeres para exportar a la Argentina. Londres viaja a Buenos Aires donde lo detienen. La Compañía Chargeurs Reunis, dueña del barco, paga la fianza y el periodista recupera la libertad pero de las bodegas empiezan a bajar adolescentes traídas del país galo. En un hotel de la calle 25 de Mayo, Camilo Fouquére, alias “El Moro“, un “caften“ con patente de importador, lo interioriza sobre el tráfico de mujeres, lo acerca a integrantes de la red y, en poco tiempo, conoce a políticos, hombres de negocios y policías. Las prostitutas vivían cerca del puerto “solitarias en su maison francaise… Hay cuatro por manzana, con cortinas rosadas o de color crema." Las mujeres eran seleccionadas y repartidas en los clubes nocturnos. Algunas se ubicaban en Rosario y Mendoza. Otras eran devueltas pero jamás rechazaban una franchuta. Los “polacos” pasaban por ser comerciantes de pieles y compraban las adolescentes a sus padres con un contrato donde dejaban constancia del importe. Muchos visitaban los ghettos de Europa y se casaban con las muchachas. Según Londres, cuanto más negra era la pobreza, tanto más segura la remonta. Las francesas eran finas y elegantes frente a las rusas y polacas. Al final de la escala estaban las criollas. Albert Londres critica a los “rusos“ igual que a los criollos que llevaban y traían mujeres de Montevideo. Describe la Boca como el reino de los polacos, donde había cines pornográficos. En los bares, veintidós mujeres ejecutaban movimientos con los brazos pero no se oía más que tres instrumentos. Las polacas costaban dos pesos mientras las francesas del centro, cinco.
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Comentarios TANGO NOCTURNIDAD Y PECADO

NADA HA CAMBIADO . BASTA ESCARBAR POR EL NORTE . EN EL INTERIOR POR DONDE LA DROGA ENTRA Y SALE ,Y VER COMO JOVENCITAS  CASI NIÑAS  A VECES SON CAZADAS , PRACTICAMENTE EN CUALQUIER BARRIO DEL CONURBANO Y HASTA EN LA MISMISIMA CAPITAL. SOLAMENTE HAY QUE ATREVERSE A PELAR ESTA CEBOLLA VENENOSA QUE ENCIERRA EN SU CORAZON A LOS AUTORES PROTEGIDOS POR JERARQUIAS IMPOSIBLES DE IMAGINAR. MORGANA

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