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EL TREN FANTASMA

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Alberto00Esta historia o mas bien leyenda lugareña, fue enviada por nuestro amigo Rolando José López desde la ciudad de Formosa.

 

Les envío –como siempre, “sin obligación de compra”- “El tren fantasma de Formosa”, una aquí popular leyenda (o lo que fuera). Mis fuentes fueron: José María Gómez, del paraje “Santa Fe”, en 1.961, Familia Tumburús de Pozo del Tigre (actualmente radicados en la ciudad de Formosa) con relatos en 1.962, entrevistas a los docentes Teresa Medina de Clementoni (jubilada) y Juan Carlos Nogueira (actualmente Contador Público) principales protagonistas de esta pequeña historia y “Pilcomayo Abajo” del dr. José R. Bergallo, editado en 1.950.

Atentamente, Rolando J. López

 

Ya a mi llega a Formosa (1.961) oí hablar de “su” tren fantasma. El mismo había sido visto - siempre por la noche- en más de una oportunidad y por numerosas personas. En realidad, por lo que me contaron, no se veía precisamente el tren, pero si su potente luz y el característico trepidar de locomotora y vagones deslizándose por las huellas de hierro…
Pero de pronto, ambos, luz y estruendo ferroviario, comenzaban a diluirse lentamente hasta desaparecer por completo… y el tren nunca llegando a destino.
Su itinerario era Pozo del Tigre-Estanislao del Campo (o viceversa), con inicio, aparentemente, en el Desvío Laguna San Luis. En este lugar se encontraban dos enormes lagunas donde los trenes que circulaban desde Formosa a Embarcación (Salta) o viceversa, se proveían de agua en instalaciones levantadas a ese efecto por la empresa ferroviaria.
En inmediaciones de Laguna San Luis, entre 1.908 y 1.909, se produjo el asesinato de un  fullero sorprendido haciendo trampas en el juego de naipes con el que había “desplumado” a numerosos obreros que trabajaban en la construcción de las vías.
El occiso, del que se  ignoraba su nombre,  fue sepultado en el lugar. En su sepultura, conocida como la tumba de “El Jugador”, comenzaron a producirse numerosas “cosas raras” que culminaron con  la aparición de “el tren fantasma”. Bueno… esto es lo que dice la leyenda.
El doctor José R. Bergallo que fuera por varios años Juez Federal en el entonces Territorio Nacional de Formosa, publicó en 1.950 su libro “Pilcomayo Abajo” (y en 1.953 una nueva edición) en el que reunió sus experiencias de largos años de funcionario nacional y recogió, también, numerosas leyendas lugareñas. Transcribo a continuación un par de anécdotas referidas a “el tren fantasma”:

“MITOS Y SUPERSTICIONES

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A mediados del año 1.945 se pudo observar que en las noches de mal tiempo y de tormenta, aparecía en la vía del ferrocarril –y como si saliera de la tumba de “El Jugador”, situada a unos 40 metros de la línea- una luz de gran tamaño e intenso poder que, por sus características, daba la impresión  de ser un tren en marcha…
En cierta oportunidad el encargado del desvío, Dionicio Aranda, hace la señal dando vía libre a un tren que venía de Pozo del Tigre (oeste) cuando momentos más tarde advierte que, del lado de Estanislao del Campo (este), venía otro tren sin que él alcanzara a explicarse cómo los jefes de esas estaciones habían autorizado el paso, por la misma línea y en dirección contraria, de esos dos trenes que iban a despedazarse en su presencia, porque el choque era inminente. Aturdido por las circunstancias sólo atinó a llamar por teléfono al jefe de la Estación Estanislao del Campo preguntándole por qué había dado paso a ese tren que avanzaba sin previo aviso y sin haber solicitado vía libre. Sin embargo, el jefe interrogado informó que a esa hora no había pasado ningún tren por Estanislao del Campo. Más confundido aún por aquella respuesta contradictoria, sale don Dionicio de la casilla del teléfono para comprobar sobre el terreno la veracidad de la información recibida cerciorándose entonces, con la sorpresa del caso, de que en realidad el tren fantasma había desaparecido mientras él hablaba, y que el único tren que se aproximaba al desvío era el procedente del Oeste, o sea de Pozo del Tigre…
Una noche del mes de abril de 1.946 hallábanse de tertulia en el local de la Estación Estanislao del Campo el Juez de Paz don Alfredo Vaghi, su secretario, don Tomás Paiva, y los vecinos Crescencio Giménez, Benedicto Domingo Catanzaro y Ruperto Aranda cuando de pronto observan que del oeste, o sea del Desvío Laguna San Luis,  venía llegando un tren. Tan clara era su luz, que al acercarse alumbraba tenuemente las personas mencionadas, y hasta parecía oírse el típico rechinar de los rieles. Sorprendido por aquella inesperada novedad el auxiliar Víctor Bravo, a cargo en esos momentos de la estación, habla por teléfono a Laguna San Luis averiguando el origen de ese tren que no figuraba en los horarios oficiales y para cuyo tránsito tampoco se había solicitado autorización, y como se le informara que el mismo no había pasado por el desvío, la curiosidad decide a todos los presentes a largarse por las vías, dirigiéndose a su encuentro.
Fue una caminata inútil… pues a poco de andar, comprueban que la luz del tren empieza a extinguirse lentamente, cesa la presunta trepidación de los rieles y el horizonte vuelve a cerrarse en la tenebrosa oscuridad de la noche…
Preocupado por esas apariciones inexplicables el mecánico Honorio Sanabria hizo pública su resolución de enfrentar esa misteriosa luz tan pronto como volviera a presentarse a fin de establecer si, como se afirma, la misma no es más que una de las diversas formas que adopta el alma del “El Jugador” en el intento de entrar en relaciones con alguna persona de su simpatía para confiarle la clave que le permitirá apropiarse del dinero que el ganó en vida con tan malas artes y fue la causa de su muerte…
Y, decidido a correr el riesgo de empresa tan temeraria, una noche que el “tren fantasma” volvió a deslizarse sobre el riel, don Honorio, lleno de bríos y armado hasta los dientes, le salió al encuentro… Teniéndolo ya muy cerca lo interrogó pero por única respuesta la luz, que realmente parecía  de un tren, se le vino encima… Fue en esos difíciles momentos cuando el hombre le descerrajó los cuatro proyectiles que tenía en el revólver… Y no habiendo dado ningún resultado los tiros, ya que la luz seguía avanzando sobre él, como para “tragárselo”, Sanabria, olvidándose de sus propósitos y de las armas, emprendió veloz carrera hacia el desvío… En la fuga perdió el revólver e iba a los gritos clamando socorro… Llegó sin habla, largando el corazón por la boca… Y al día siguiente pidió pase a Formosa donde, aunque trabaja más, vive al menos sin los sobresaltos que debió sufrir en Laguna San Luis de tan ingrata memoria para él…”
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Veinte años después el misterioso convoy ferroviario seguiría deslizándose “normalmente” por los formoseños rieles… y con ampliación de itinerario. Digo esto porque

TERESA Y JUAN CARLOS NO VIAJARON EN EL “TREN FANTASMA”, PERO…

Esa tarde de  viernes, como lo hacía casi siempre en ese día de la semana, Teresa Medina de Clementoni consultó al Sr. Fernández, jefe de la Estación del Ferrocarril General Belgrano de la pequeña localidad de Mariano Boedo, sobre la posibilidad del paso de algún tren de carga en dirección a la ciudad de Formosa.

El jefe, que habitualmente atendía los pedidos de los docentes y les solicitaba a los maquinistas de los trenes cargueros que –fuera del reglamentario cronograma- se detuvieran momentáneamente para que los maestros de la escuela local interesados en viajar pudieran abordarlo, respondió negativamente: ni ese día ni el siguiente pasaría por esa estación tren alguno con destino a la ciudad de Formosa.

Entonces no había opción: quien quisiera viajar a la ciudad capital esa misma tarde debería hacerlo ¡caminando! y el camino más corto era, precisamente, el que delineaban las vías del ferrocarril.

Breve consulta con Juan Carlos Nogueira el joven docente designado ese año y decisión tomada: caminarían toda la noche entre las paralelas de hierro y “a alguna hora” del sábado podrían estar en Formosa.

Dicho y hecho. En las últimas horas de la tarde de ese viernes de setiembre de 1.965 los mencionados docentes iniciaron la larga caminata. Abría la marcha Juan Carlos y un par de pasos detrás la cerraba Teresa que llevaba en brazos a Teresita, su pequeña hija.

La noche llegó muy pronto. Se hablaba poco, como para ahorrar fuerzas y, además, porque los nocturnos sonidos provenientes del monte que los cercaba por derecha e izquierda los ponía “un tanto” nerviosos y desalentaban las ganas de conversar.

Pasada la medianoche y casi alcanzada la mitad del camino a recorrer Juan Carlos fue alertado por su compañera de viaje sobre la presencia de un tren a sus espaldas.  El nombrado giró rápidamente la cabeza y advirtió con sorpresa a lo lejos la presencia del potente e inconfundible haz de luz del reflector de una locomotora.

Ambos caminantes quedaron sumamente sorprendidos pues el jefe Fernández les había asegurado que ni ese día ni el siguiente habría trenes en dirección a Formosa. Como se desplazaban por una muy larga recta pensaron que tendrían tiempo de sobra para descender de las vías cuando el tren se acercara y continuaron la marcha.

La luz de la presunta locomotora los siguió, sin alcanzarlos, unos 40 minutos y se extinguió tan sorpresivamente como había aparecido.

Entonces pensaron que por alguna desconocida razón la locomotora se había detenido y apagado el reflector y continuaron la marcha cruzando cada tanto unas pocas palabras como para darse ánimo nomás.

Las primeras luces del nuevo día los sorprendieron ya bastante cerca del final del itinerario fijado y llevaron grande alivio a sus espíritus.

Alrededor de la hora 8 y 30 minutos arribaron a Formosa.

Cuando, el domingo por la tarde y en el tren de pasajeros, regresaron a Mariano Boedo comentaron la circunstancia vivida al jefe Fernández recordándole que les había dicho que ni viernes ni sábado pasaría tren alguno por el lugar.

El jefe ferroviario ratificó sus dichos y les aseguró que durante esos días NO HABÍA PASADO NINGÚN TREN POR MARIANO BOEDO.

Teresa recordó entonces los relatos del ferroviario López (miembro de la cuadrilla de mantenimiento), en cuya casa se alojaba, sobre las ocasionales apariciones del “tren fantasma” y otros extraños hechos que ella prontamente calificó de “meras supersticiones”. En realidad ya los había recordado cuando caminaba con “la luz” a sus espaldas pero había hecho un esfuerzo para alejar esos pensamientos y “no entrar en pánico”.

Juan Carlos había oído de esa leyenda lugareña –y otras también- y esa noche actuó como su compañera: ¡nada de trenes fantasmas! –se dijo- simplemente Fernández no había sido notificado en tiempo y forma de la llegada de este convoy y, por alguna razón que desconocía, la locomotora  detuvo u marcha y apagó el reflector…

Y juntos tomaron una resolución que cumplieron a rajatabla: NUNCA MÁS CAMINARÍAN DE NOCHE POR LA VÍA a pesar de que “no eran supersticiosos ni creían en fantasmas”.

 
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Comentarios EL TREN FANTASMA

MI AGRADECIMIENTO A ROLANDO J. LOPEZ. MORGANA

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